13 abr. 2008

LAS TRES AVEMARÍAS



LAS TRES AVEMARÍAS
En las Revelaciones de santa Matilde se lee que la Virgen María le dijo con relación a su petición frecuente de que la asistiera en la hora de la muerte:
Sí, lo haré; pero quiero que por tu parte me reces diariamente tres avemarías, conmemorando en la primera el poder recibido del Padre eterno; en la segunda, la sabiduría con que me adornó el Hijo y, en la tercera, el amor de que me colmó el Espíritu Santo.
Esta devoción de las tres avemarías fue recomendada por algunos Papas como Pío IX, que las rezaba cada día después de cada misa. Y esta costumbre de rezar tres avemarías después de la misa, la extendió el Papa León XIII a todos los sacerdotes de la Iglesia. Muchos santos también aconsejaron esta devoción, especialmente, san Leonardo de Puerto Mauricio y san Alfonso María de Ligorio.
¡Cuántas personas han podido comprobar en su propia vida la eficacia de esta devoción de las tres avemarías! Un pequeño obsequio, ofrecido a María, nos puede obtener la salvación, aunque sólo sea un avemaría. Veamos algunos ejemplos.
- Un famoso sacerdote, que tanto escribió en la prensa francesa, con el seudónimo de Pierre L´Ermite, contaba el siguiente suceso como auténtico:
Un maestro impío había descristianizado a sus alumnos en los diferentes lugares en que había sido profesor. Al llegar la segunda guerra mundial, se unió a un grupo de fugitivos. Pero los muchos sufrimientos que debía soportar en los montes, lo llevaron a la desesperación y decidió quitarse la vida. Se separó de sus compañeros y se sentó junto a un árbol, sacando su revólver, con el que quería darse muerte. Pero, en ese momento, acordándose de una costumbre que había tenido en su infancia y que había olvidado durante 40 años, comenzó a rezar tres avemarías. Apenas terminó de rezarlas, sintió una fuerza sobrenatural y desechó la idea del suicidio uniéndose a sus compañeros. A partir de ese momento, comenzó una auténtica vida cristiana, que procuraba inculcar a todos los que encontraba. Las tres avemarías de última hora, le habían obtenido la gracia de la vida y de la conversión.
- En 1959, el padre redentorista Luis Larrauri confesó a un mudo. Dice así: Después de haber dirigido una misión popular, el hijo de un caballero me suplicó que fuera a confesar a su padre, que llevaba tres meses mudo y estaba gravísimo por efectos de una embolia. Fui a su casa y entré en la habitación del enfermo. Le dije:
- Esté usted tranquilo, yo le haré preguntas y usted me responde sí o no con la cabeza.
Entonces, el caballero rompió a llorar. Y con voz alta y distinta se confesó. ¡Yo no salía de mi asombro! Y él me dijo:
- Padre, usted va a comprender inmediatamente por qué hablo en estos momentos. Desde los diez años tomé la costumbre de rezar por la mañana y por la tarde las tres avemarías, que me aconsejaron los misioneros. Desde los catorce años, perdí toda práctica religiosa, menos las tres avemarías. Ningún día las omití, pidiendo también la gracia de no morir sin hacer una buena confesión, porque necesitaba confesarme bien desde mi primera comunión a los ocho años…
Al terminar la confesión, quedó mudo otra vez. A las doce de la noche, de ese mismo día, había muerto en la paz de Dios.
- Un misionero del Perú contaba que, en 1967, hizo una visita turística a un pueblecito de la cordillera de los Andes. Al regresar, el coche se averió en un pequeño poblado perdido en la inmensidad de aquellos montes. Mientras el mecánico arreglaba el coche, se le acercó un hombre de mediana edad que, dirigiéndose a él, que llevaba sotana, le dijo:
Padrecito, le ruego venga conmigo a mi casa, porque mi madre anciana está muy enferma y quiere un sacerdote. El sacerdote más próximo está a 300 km de aquí y no hay tiempo para ir a buscarlo, porque puede morirse en cualquier momento.
Al llegar el sacerdote a su casa, la anciana le dijo que, durante toda su vida, le había pedido a Dios la gracia de no morir sin confesión, rezando tres avemarías por esta intención. Y Dios le concedía ahora esa gracia por medio un sacerdote, que se había detenido en el poblado por efecto de una avería, que Dios había permitido, para ayudar a aquella anciana a morir bien confesada y preparada para el viaje a la eternidad. Ciertamente, las tres avemarías, rezadas todos los días a la Virgen, le habían obtenido esa gracia de Jesús por intercesión de María.
- Otro misionero, párroco en el Cuzco (Perú), decía: En mi extensa parroquia y con la colaboración de los catequistas, he difundido la devoción de las tres avemarías. En junio de 1969, pasé por una hacienda muy alejada ,cuyo dueño era anciano. Había sido seminarista, pero se había unido a su esposa sin casarse por la Iglesia. Aproveché la visita para dejarle una estampa sobre la devoción de las tres avemarías, recomendándole que las rezara todos los días.
A fines de octubre, vinieron a buscarme para que fuera con urgencia a visitarlo, porque estaba muy grave y quería recibir los sacramentos. Me dijo que había rezado todos los días las tres avemarías y que quería confesarse y casarse con la bendición de Dios. Media hora después del matrimonio y de recibir la comunión, murió en la paz de Dios.
Una vez más, María había demostrado que el pequeño obsequio de las tres avemarías lo tomaba muy en serio, para recomendar a sus devotos ante el tribunal de Dios.
- Un misionero redentorista contaba que, en 1959, envió la estampa con la devoción de las tres avemarías a diez mil enfermos. Al poco tiempo, le llamaba un hombre ilustre en el mundo de las Letras y de la Jurisprudencia, al que conocía desde hacía ocho años. Le dijo que quería confesarse, después de más de cincuenta años. El misionero le preguntó:
¿Por qué?
Desde que recibí su carta, tomé la estampa y empecé a rezar las tres avemarías. Y esta mañana he sentido el impulso de confesarme.
Y el padre dice: Lo confesé y, al mes exacto, moría de repente con la alegría de estar bien confesado, pues se había confesado de nuevo dos días antes de morir.
- En 1968, en Rusia, se recrudeció la persecución contra los cristianos. El obispo católico de cierta diócesis, tuvo que huir precipitadamente, vestido de campesino. Al llegar la noche, se acercó a una casa de campo para pedir alojamiento. Era un matrimonio con varios hijos pequeños, lo acogieron bien y le ofrecieron de cenar. Le informaron que el anciano padre de uno de ellos estaba muy enfermo desde hacía algunos días. Al día siguiente, antes de despedirse, el obispo, que estaba de incógnito, pidió saludar al anciano enfermo. Entonces, el anciano le dijo, sin saber quién era:
Mire usted, yo sé que estoy muy grave, pero sé que por ahora no moriré. Soy católico y todos los días he rezado tres avemarías a la Virgen María para que, a la hora de mi muerte, sea asistido por un sacerdote, que me prepare a bien morir. Y, como todavía no hay sacerdote, por eso, estoy seguro que todavía no voy a morir.
Emocionado, el obispo le dijo que él era el obispo de aquella diócesis y que podía confesarlo y darle la unción de los enfermos. Incluso, celebró la misa y le dio la comunión.
De esta manera, la Virgen María premiaba a aquel buen creyente con la gracia de una muerte santa. Había permitido que el obispo perseguido llegara, precisamente, a su casa para premiarle por su devoción. A los dos días, murió en la paz de Dios.
- Un sacerdote jesuita estaba confesando en el templo del Pilar de Zaragoza, cuando vio que un oficial del ejército se arrodillaba a los pies de la sagrada imagen. Parecía que tenía problemas, pues estaba un poco inquieto y turbado. Después de un rato, se retiró. Pero, después de unos minutos, volvió de nuevo a arrodillarse frente a la imagen de María. También se retiró, después de unos momentos de oración; pero regresó igualmente al cabo de unos minutos. Cuando se levantó la tercera vez, fue directamente al confesionario. Allí le contó al sacerdote lo que le había pasado. Vivía muy alejado de Dios y de la Iglesia, pero nunca había dejado de rezar tres avemarías cada día tal como le había encargado su madre antes de su muerte, y había venido a Zaragoza a visitar el templo del Pilar, para cumplir también una promesa que le hizo a su madre.
Al arrodillarse ante la imagen, había oído claramente que la Virgen le decía: Confiésate. Había querido salir de la iglesia, pero regresaba, impelido por una fuerza superior. Y otras dos veces más oyó la voz: Confiésate; a la tercera, ya no pudo resistir más y se acercó a confesarse, después de 36 años.
Después de confesarse, recibió la comunión. Y después se pasó la tarde, rezando rosarios, hasta que el sacristán se vio obligado a avisarle que iban a cerrar el templo. En este caso, como en otros muchos, el obsequio de las tres avemarías obtuvo para él la gracia de la conversión.
- El hermano Macario era el catequista de los niños de la parroquia. Un día les habló de la devoción de las tres avemarías para asegurar la salvación eterna. Desde aquel día, el niño Juan Alberto empezó a rezarlas todos los días. Pasaron los años y llegó a la universidad, donde el ambiente poco propicio a la religión le hizo abandonar la fe y vivir alocadamente con malos amigos. Sólo le quedó la costumbre de las tres avemarías, que seguía rezando mecánicamente cada día.
Un día del mes de mayo, pasaba junto a la puerta de un templo y sintió deseos de entrar. Le agradó el ambiente de tranquilidad y recogimiento del lugar. A la salida, entabló amistad con un señor de mucha cultura con el que siguió viéndose en los siguientes días, para hablar de las cosas de la religión. Y así, poco a poco, con su ayuda fue recuperando la fe. Entonces, se dio cuenta de que la devoción de las tres avemarías le había salvado su fe y comenzó una vida cristiana de comunión frecuente y rezo del rosario. Hasta que sintió deseos de entregar su vida a Dios y propagar por el mundo la devoción a María. Entró en el Seminario y con la gracia de Dios llegó al sacerdocio en la Orden de los carmelitas descalzos con el nombre de padre Juan Alberto de los Cármenes.
Texto sacado del libro "María Madre nuestra" de
P. Ángel Peña O.A.R.
Agustino Recoleto

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