28 abr. 2008

ÚLTIMO MENSAJE DE LA VIRGEN MEDJUGORGE



Mensaje del 25 de abril de 2008 "¡Queridos hijos! También hoy los
invito a todos a crecer en el amor de Dios, como una flor que
siente los rayos cálidos de la primavera. Así también ustedes,
hijitos, crezcan en el amor de Dios y llévenlo a todos aquellos
que están lejos de Dios. Busquen la voluntad de Dios y hagan el
bien a aquellos que Dios les ha puesto en su camino; y sean luz y
alegría.¡Gracias por haber respondido a mi llamado!"
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25 abr. 2008

MENSAJES DE NUESTRA MADRE



MENSAJES DE NUESTRA MADRE
En muchos lugares y de muchas maneras Nuestra Madre nos ha enviado mensajes en sus apariciones a través del mundo. Quisiera solamente referirme a lo que le decía al Padre Esteban Gobbi, fundador del Movimiento sacerdotal mariano, aprobado por la Iglesia.


"Estos son los tiempos en que Satanás y las fuerzas diabólicas se hacen adorar por un número cada vez mayor de hombres y así se hace más vasta la difusión del culto satánico, de las sectas y de las misas negras" (15-8-89). "Ha caído la noche sobre el mundo, ésta es la hora de las tinieblas, la hora de Satanás, es el momento de su más grande triunfo" (28-8-73).
"El demonio de la corrupción, el espíritu de lujuria ha seducido a todas las naciones. Ya ninguna se salva... Por eso, deben luchar contra la moda cada vez más indecente y provocativa, deben luchar contra la prensa que propaga el mal y contra los espectáculos que son la ruina de las costumbres. Deben luchar contra la moral que todo lo permite" (16-10-73).

"Sirvan de ejemplo a todos por su pureza, por su sobriedad, por su modestia... Déjense guiar por Mí como niños. Deben volver a orar más, a amar más a Jesús, a adorarle más en la Eucaristía... Sean fieles al Papa y a la Iglesia a él unida, con total obediencia a sus mandatos, propagando sus enseñanzas, listos para combatir hasta el derramamiento de la sangre para estar siempre unidos a él y ser fieles al Evangelio" (1-11-73).


"Conságrense a mi Inmaculado Corazón. A quien se consagre a Mí, yo vuelvo a prometerle la salvación: la salvación del error en este mundo y la salvación eterna. Así yo impediré que puedan caer en las seducciones de Satanás. Yo misma los protegeré y defenderé, los consolaré y fortaleceré" (13-5-76).

"Sigan el camino de la oración. Muchos de mis hijos están a punto de perderse eternamente. ¡Ayúdenme a salvar a sus hermanos! No se asombren si, en esta batalla, caen los que no han querido o no han sabido usar el arma que yo misma les he dado: la oración sencilla, humilde y mía del santo rosario. Es oración sencilla y humilde y, por lo tanto, es la más eficaz para combatir a Satanás, que hoy los seduce, sobre todo, con el orgullo y la soberbia" (28-5-76).
"A los niños les pido que crezcan en la virtud de la pureza... A los jóvenes les pido que se formen en el dominio de las pasiones, con la oración y la vida de unión conmigo, y que renuncien a ir a los cines y discotecas donde hay un continuo peligro de ofender la virtud de la pureza. A los novios les pido que se abstengan de toda relación antes del matrimonio. A las familias les pido que se formen en el ejercicio de la castidad conyugal y nunca usen medios artificiales para impedir la vida. También deseo de los sacerdotes y religiosos la práctica fiel y austera de su voto de castidad" (13-10-89).

"¿Quieren también ustedes ofrecerse como víctimas al Señor sobre el altar de mi Corazón inmaculado por la salvación de los pobres pecadores? Oren más, especialmente el santo rosario. Hagan frecuentes horas de adoración y reparación eucarística. Acojan con amor todos los sufrimientos que el Señor les mande y difundan sin miedo mis mensajes" (15-9-89).

"No tengan miedo, al final la victoria será sólo de mi Hijo y mía: será el triunfo de mi Corazón Inmaculado en el mundo" (19-12-73).

"Hijos míos, les invito a refugiarse completamente en mi Corazón Inmaculado" (9-11-75).
¿Escuchas los mensajes de María?
¿Quieres ser santo?

Texto sacado del:
Libro del R.P. Angel Peña, O.A.R, titulado "La vida es una lucha"

17 abr. 2008

Santo según tu vocación


SER SANTO SEGÚN TU VOCACIÓN

Toda vocación, incluida la del matrimonio, es un compromiso de fidelidad, lo cual implica un riesgo, pero vale la pena arriesgarse como se arriesga el sembrador al echar 1a semilla o quien se va de viaje o quien comienza una empresa. El que no quiere correr riesgos y no se arriesga, nunca hará nada que valga la pena. Por eso, cada vez hay más hombres que no quieren casarse, y prefieren divertirse como solteros o, a lo sumo, convivir para poder después romper fácilmente el compromiso matrimonial. Pareciera que hoy la mayor parte de la gente no quiere compromisos definitivos. Pero la vocación es una elección libre, responsable y definitiva, para toda la vida. Compromete toda la vida hasta sus últimas consecuencias. Es una entrega total. Por eso, hay que cultivar todos los días la fidelidad a la propia vocación, siendo fiel en los más pequeños detalles. Hay que evitar los permisivismos, que ofuscan la mente y el corazón, pues nos hacen huir del sacrificio y del esfuerzo, buscando el mínimo esfuerzo y haciendo siempre lo mínimo indispensable.

Lamentablemente, hay muchos hogares, conventos y seminarios en los que se ofrecen toda clase de comodidades y se exige muy poco, y por este camino nunca se conseguirán verdaderas vocaciones. La auténtica vocación muere en un ambiente de mediocridad. Los medios términos y las medias tintas la dejan fuera de combate. La vocación debe cultivarse cada día en la renuncia a muchas cosas buenas, pero inconvenientes.

La santidad no se improvisa, no se consigue de un día para otro. La santidad es un camino de subida hacia la altura y supone esfuerzo y trabajo personal. Es sólo para esforzados que tienen fuerza de voluntad y saben perseverar sin volver atrás. Quizás necesites toda la vida para prepararte y madurar lo suficiente, o quizás Dios te regale la santidad en el último momento como un don, en consideración a tantos años de oración, pidiéndole esta gracia. Dios tiene caminos distintos para cada uno.
Lo importante es no desanimarte nunca en este camino, que, a veces, está lleno de piedras y espinas. Tu camino es único y distinto al de todos los otros santos. Dios tiene para ti un plan único. Tú no eres una fotocopia de otros santos, sino una flor única en el jardín de Dios. Por eso, no dejes nunca tu oración personal por muy cansado que estés y, dado que la santidad es una conquista personal y un regalo de Dios, debes pedirla todos los días. Dile todos los días: “Señor, hazme santo”. Y pide a todos los que puedas que te ayuden con sus oraciones por “una intención especial”. Así podrás obtener muchas bendiciones, porque otros muchos te encomiendan en sus oraciones.

Sin embargo, no necesitas entrar a un convento o hacer grandes penitencias o grandes obras para ser santo. Basta que cumplas fielmente tus obligaciones de cada día con amor.

Éste fue precisamente el gran mensaje que dejó al mundo el fundador del Opus Dei, el santo Josemaría Escribá de Balaguer. Él decía: “La santidad grande que Dios nos reclama se encierra aquí y ahora en las pequeñas cosas de cada jornada” (Amigos de Dios 312). “La santificación del trabajo ordinario constituye como el quicio de la verdadera espiritualidad para los que, inmersos en las rea1idades tempora1es, estamos decididos a tratar a Dios" (ib. 61). “Dios nos espera cada día en un laboratorio, en el quirófano de un hospital, en el cuartel, en la cátedra universitaria, en la fábrica, en el taller, en el campo, en el hogar de familia y en todo el inmenso panorama del trabajo. Sabedlo bien, hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes que toca a cada uno de vosotros descubrir"(Conversaciones 114).

“Hay que santificar el trabajo, santificarse en el trabajo, santificar a los demás con el trabajo” (ib. 55). Por eso, “vive tu vida ordinaria, trabaja donde estás, procurando cumplir los deberes de estado. Sé leal, comprensivo con los demás y exigente contigo mismo. Sé mortificado y alegre. Ése será tu apostolado” (Amigos de Dios 273).

Pregúntate a cada instante como aquella abuelita: “Esto que voy a hacer ¿le gustará a Jesús? ¿Qué haría Jesús en mi lugar?” Si te hicieras estas preguntas frecuentemente, podrías ver las cosas de distinta manera y no desde un punto de vista demasiado humano y egoísta.

El Papa Juan Pablo II, en la carta apostólica “Novo Millennio ineunte”, dice: “El ideal de perfección no ha de ser malentendido como si implicase una especie de vida extraordinaria, practicable sólo por algunos “genios” de la santidad. Los caminos de la santidad son múltiples y adecuados a la vocación de cada uno. Doy gracias al Señor que me ha concedido beatificar y canonizar durante estos años a tantos cristianos, y entre ellos a muchos laicos, que se han santificado en las circunstancias más ordinarias de la vida. Ahora es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este “alto grado” de la vida cristiana ordinaria”.

Así que ya lo sabes, tú también puedes ser santo, tienes madera de santo y estás ya inscrito en la lista de los futuros santos. ¿Te vas a retirar de la carrera por cobardía o por comodidad? ¿Qué te dirá tu Padre Dios, que desea siempre lo mejor para ti? Él cuenta contigo, no lo olvides.
Texto sacado del libro--->P. ÁNGEL PEÑA O.A.R.
HACIA LA SANTIDAD

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DESEO DE SANTIDAD







DESEO DE SANTIDAD

El primer paso para ser santo es querer ser santo. Si no quieres serlo, porque crees que es imposible para ti o simplemente no quieres, porque crees que hay que sufrir demasiado y prefieres tu vida tranquila y sin complicaciones... Entonces, estás perdido y nunca llegarás a la santidad.

Santa Teresa de Jesús nos habla de que hay que tener una "determinada determinación", una decisión seria de querer ser santos. Evidentemente, las personas que tienen una voluntad muy débil y que se quedan en bonitos deseos, pero no ponen de su parte y no se esfuerzan, nunca podrán llegar a ser santos, mientras no adquieran esa fuerza de voluntad que es necesaria para hacer grandes cosas.

Recuerdo que un día estaba paseando con otro sacerdote y se nos acercó un buen hombre que le dijo a mi compañero: “Padre, Ud. es un santo”. Y él le dijo: “No soy santo, pero quiero ser santo". Una buena respuesta, reconocer que somos pecadores y nos falta mucho, pero decir claramente y sin vergüenza: “Quiero ser santo”. Personalmente, cuando me dicen algo así, les digo: “Solamente soy un aspirante a la santidad”, ¿y tú?

Si quieres ser santo de verdad, debes comenzar por ser un buen cristiano. Eso significa que nunca debes mentir, ni robar, ni decir malas palabras ni ser irresponsable. Eso supone una decisión firme de evitar todo lo que ofenda a Dios y a los demás y querer ser siempre sincero, honesto, honrado, responsable...

Una vez que estás bien encaminado y deseas amar a Dios sobre todas las cosas, no debes angustiarte por no ver avances importantes, pues la santidad es un regalo de Dios que debes pedir también humildemente todos los días. ¿Lo pides de verdad y con sinceridad? Pero no pidas un determinado tipo de santidad, sea con dones místicos o sin ellos, con buena salud para trabajar o con enfermedad, con puestos importantes o sin ellos. Déjale a Dios que escoja el tipo de santidad que quiere para ti. Él te conoce y te ama, déjate llevar sin condiciones, e invoca a tu santo patrono. ¡Qué importante es tener un nombre cristiano y tener un santo protector a quien invocar con devoción!
Texto sacado del libro de :P. ÁNGEL PEÑA O.A.R.
HACIA LA SANTIDAD

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13 abr. 2008

LAS TRES AVEMARÍAS



LAS TRES AVEMARÍAS
En las Revelaciones de santa Matilde se lee que la Virgen María le dijo con relación a su petición frecuente de que la asistiera en la hora de la muerte:
Sí, lo haré; pero quiero que por tu parte me reces diariamente tres avemarías, conmemorando en la primera el poder recibido del Padre eterno; en la segunda, la sabiduría con que me adornó el Hijo y, en la tercera, el amor de que me colmó el Espíritu Santo.
Esta devoción de las tres avemarías fue recomendada por algunos Papas como Pío IX, que las rezaba cada día después de cada misa. Y esta costumbre de rezar tres avemarías después de la misa, la extendió el Papa León XIII a todos los sacerdotes de la Iglesia. Muchos santos también aconsejaron esta devoción, especialmente, san Leonardo de Puerto Mauricio y san Alfonso María de Ligorio.
¡Cuántas personas han podido comprobar en su propia vida la eficacia de esta devoción de las tres avemarías! Un pequeño obsequio, ofrecido a María, nos puede obtener la salvación, aunque sólo sea un avemaría. Veamos algunos ejemplos.
- Un famoso sacerdote, que tanto escribió en la prensa francesa, con el seudónimo de Pierre L´Ermite, contaba el siguiente suceso como auténtico:
Un maestro impío había descristianizado a sus alumnos en los diferentes lugares en que había sido profesor. Al llegar la segunda guerra mundial, se unió a un grupo de fugitivos. Pero los muchos sufrimientos que debía soportar en los montes, lo llevaron a la desesperación y decidió quitarse la vida. Se separó de sus compañeros y se sentó junto a un árbol, sacando su revólver, con el que quería darse muerte. Pero, en ese momento, acordándose de una costumbre que había tenido en su infancia y que había olvidado durante 40 años, comenzó a rezar tres avemarías. Apenas terminó de rezarlas, sintió una fuerza sobrenatural y desechó la idea del suicidio uniéndose a sus compañeros. A partir de ese momento, comenzó una auténtica vida cristiana, que procuraba inculcar a todos los que encontraba. Las tres avemarías de última hora, le habían obtenido la gracia de la vida y de la conversión.
- En 1959, el padre redentorista Luis Larrauri confesó a un mudo. Dice así: Después de haber dirigido una misión popular, el hijo de un caballero me suplicó que fuera a confesar a su padre, que llevaba tres meses mudo y estaba gravísimo por efectos de una embolia. Fui a su casa y entré en la habitación del enfermo. Le dije:
- Esté usted tranquilo, yo le haré preguntas y usted me responde sí o no con la cabeza.
Entonces, el caballero rompió a llorar. Y con voz alta y distinta se confesó. ¡Yo no salía de mi asombro! Y él me dijo:
- Padre, usted va a comprender inmediatamente por qué hablo en estos momentos. Desde los diez años tomé la costumbre de rezar por la mañana y por la tarde las tres avemarías, que me aconsejaron los misioneros. Desde los catorce años, perdí toda práctica religiosa, menos las tres avemarías. Ningún día las omití, pidiendo también la gracia de no morir sin hacer una buena confesión, porque necesitaba confesarme bien desde mi primera comunión a los ocho años…
Al terminar la confesión, quedó mudo otra vez. A las doce de la noche, de ese mismo día, había muerto en la paz de Dios.
- Un misionero del Perú contaba que, en 1967, hizo una visita turística a un pueblecito de la cordillera de los Andes. Al regresar, el coche se averió en un pequeño poblado perdido en la inmensidad de aquellos montes. Mientras el mecánico arreglaba el coche, se le acercó un hombre de mediana edad que, dirigiéndose a él, que llevaba sotana, le dijo:
Padrecito, le ruego venga conmigo a mi casa, porque mi madre anciana está muy enferma y quiere un sacerdote. El sacerdote más próximo está a 300 km de aquí y no hay tiempo para ir a buscarlo, porque puede morirse en cualquier momento.
Al llegar el sacerdote a su casa, la anciana le dijo que, durante toda su vida, le había pedido a Dios la gracia de no morir sin confesión, rezando tres avemarías por esta intención. Y Dios le concedía ahora esa gracia por medio un sacerdote, que se había detenido en el poblado por efecto de una avería, que Dios había permitido, para ayudar a aquella anciana a morir bien confesada y preparada para el viaje a la eternidad. Ciertamente, las tres avemarías, rezadas todos los días a la Virgen, le habían obtenido esa gracia de Jesús por intercesión de María.
- Otro misionero, párroco en el Cuzco (Perú), decía: En mi extensa parroquia y con la colaboración de los catequistas, he difundido la devoción de las tres avemarías. En junio de 1969, pasé por una hacienda muy alejada ,cuyo dueño era anciano. Había sido seminarista, pero se había unido a su esposa sin casarse por la Iglesia. Aproveché la visita para dejarle una estampa sobre la devoción de las tres avemarías, recomendándole que las rezara todos los días.
A fines de octubre, vinieron a buscarme para que fuera con urgencia a visitarlo, porque estaba muy grave y quería recibir los sacramentos. Me dijo que había rezado todos los días las tres avemarías y que quería confesarse y casarse con la bendición de Dios. Media hora después del matrimonio y de recibir la comunión, murió en la paz de Dios.
Una vez más, María había demostrado que el pequeño obsequio de las tres avemarías lo tomaba muy en serio, para recomendar a sus devotos ante el tribunal de Dios.
- Un misionero redentorista contaba que, en 1959, envió la estampa con la devoción de las tres avemarías a diez mil enfermos. Al poco tiempo, le llamaba un hombre ilustre en el mundo de las Letras y de la Jurisprudencia, al que conocía desde hacía ocho años. Le dijo que quería confesarse, después de más de cincuenta años. El misionero le preguntó:
¿Por qué?
Desde que recibí su carta, tomé la estampa y empecé a rezar las tres avemarías. Y esta mañana he sentido el impulso de confesarme.
Y el padre dice: Lo confesé y, al mes exacto, moría de repente con la alegría de estar bien confesado, pues se había confesado de nuevo dos días antes de morir.
- En 1968, en Rusia, se recrudeció la persecución contra los cristianos. El obispo católico de cierta diócesis, tuvo que huir precipitadamente, vestido de campesino. Al llegar la noche, se acercó a una casa de campo para pedir alojamiento. Era un matrimonio con varios hijos pequeños, lo acogieron bien y le ofrecieron de cenar. Le informaron que el anciano padre de uno de ellos estaba muy enfermo desde hacía algunos días. Al día siguiente, antes de despedirse, el obispo, que estaba de incógnito, pidió saludar al anciano enfermo. Entonces, el anciano le dijo, sin saber quién era:
Mire usted, yo sé que estoy muy grave, pero sé que por ahora no moriré. Soy católico y todos los días he rezado tres avemarías a la Virgen María para que, a la hora de mi muerte, sea asistido por un sacerdote, que me prepare a bien morir. Y, como todavía no hay sacerdote, por eso, estoy seguro que todavía no voy a morir.
Emocionado, el obispo le dijo que él era el obispo de aquella diócesis y que podía confesarlo y darle la unción de los enfermos. Incluso, celebró la misa y le dio la comunión.
De esta manera, la Virgen María premiaba a aquel buen creyente con la gracia de una muerte santa. Había permitido que el obispo perseguido llegara, precisamente, a su casa para premiarle por su devoción. A los dos días, murió en la paz de Dios.
- Un sacerdote jesuita estaba confesando en el templo del Pilar de Zaragoza, cuando vio que un oficial del ejército se arrodillaba a los pies de la sagrada imagen. Parecía que tenía problemas, pues estaba un poco inquieto y turbado. Después de un rato, se retiró. Pero, después de unos minutos, volvió de nuevo a arrodillarse frente a la imagen de María. También se retiró, después de unos momentos de oración; pero regresó igualmente al cabo de unos minutos. Cuando se levantó la tercera vez, fue directamente al confesionario. Allí le contó al sacerdote lo que le había pasado. Vivía muy alejado de Dios y de la Iglesia, pero nunca había dejado de rezar tres avemarías cada día tal como le había encargado su madre antes de su muerte, y había venido a Zaragoza a visitar el templo del Pilar, para cumplir también una promesa que le hizo a su madre.
Al arrodillarse ante la imagen, había oído claramente que la Virgen le decía: Confiésate. Había querido salir de la iglesia, pero regresaba, impelido por una fuerza superior. Y otras dos veces más oyó la voz: Confiésate; a la tercera, ya no pudo resistir más y se acercó a confesarse, después de 36 años.
Después de confesarse, recibió la comunión. Y después se pasó la tarde, rezando rosarios, hasta que el sacristán se vio obligado a avisarle que iban a cerrar el templo. En este caso, como en otros muchos, el obsequio de las tres avemarías obtuvo para él la gracia de la conversión.
- El hermano Macario era el catequista de los niños de la parroquia. Un día les habló de la devoción de las tres avemarías para asegurar la salvación eterna. Desde aquel día, el niño Juan Alberto empezó a rezarlas todos los días. Pasaron los años y llegó a la universidad, donde el ambiente poco propicio a la religión le hizo abandonar la fe y vivir alocadamente con malos amigos. Sólo le quedó la costumbre de las tres avemarías, que seguía rezando mecánicamente cada día.
Un día del mes de mayo, pasaba junto a la puerta de un templo y sintió deseos de entrar. Le agradó el ambiente de tranquilidad y recogimiento del lugar. A la salida, entabló amistad con un señor de mucha cultura con el que siguió viéndose en los siguientes días, para hablar de las cosas de la religión. Y así, poco a poco, con su ayuda fue recuperando la fe. Entonces, se dio cuenta de que la devoción de las tres avemarías le había salvado su fe y comenzó una vida cristiana de comunión frecuente y rezo del rosario. Hasta que sintió deseos de entregar su vida a Dios y propagar por el mundo la devoción a María. Entró en el Seminario y con la gracia de Dios llegó al sacerdocio en la Orden de los carmelitas descalzos con el nombre de padre Juan Alberto de los Cármenes.
Texto sacado del libro "María Madre nuestra" de
P. Ángel Peña O.A.R.
Agustino Recoleto

Asunción de María



Asunción de María
Sobre la Asunción de María, hay escritos del siglo IV, llamados Transitus, donde se habla del tránsito de María en cuerpo y alma al cielo, es decir, de su Asunción. Así lo afirma el Transitus, escrito por el seudo Melitón a finales del siglo IV, donde habla de la resurrección definitiva del cuerpo de María. También en el siglo IV se encuentra el testimonio de san Epifanio, que admite la posibilidad de que su cuerpo glorificado esté en el cielo. En el siglo VI, ya se celebraba la fiesta de la Dormición en Jerusalén y, hacia el año 600, en Constantinopla. Y del siglo VIII hay hermosas homilías sobre la Asunción, nombre que parece más antiguo que el de Dormición. Entre los autores de estas homilías están san Modesto, san Germán de Constantinopla, san Andrés de Creta y, especialmente, san Juan Damasceno.
Sobre la Asunción de María nos dice san Gregorio de Tours en el año 590:
Los apóstoles se repartieron por diferentes países para predicar la palabra de Dios. Más tarde, la bienaventurada María llegó al fin de su vida y fue llamada a salir de este mundo. Entonces, todos los apóstoles vinieron a reunirse en la casa de María y, al saber que debía salir de este mundo, permanecieron todos juntos velando. De repente, el Señor apareció con sus ángeles, cogió su alma, se la entregó a Miguel, el arcángel, y desapareció. Al amanecer, los apóstoles tomaron el cuerpo, lo pusieron sobre una camilla y lo colocaron en una tumba, velándolo mientras esperaban la venida del Señor. Y, de nuevo, se presentó el Señor, de repente, y mandó que el santo cuerpo fuera levantado y llevado al paraíso sobre una nube. Allí, reunido con su alma, se llena de gozo con los elegidos de Dios y disfruta de las bendiciones de la eternidad, que nunca terminarán.
San Juan Damasceno (675-749) escribió: Era preciso que aquella que, al ser madre, había conservado intacta su virginidad, obtuviera la incorrupción de su cuerpo después de morir. Era preciso que quien llevó en su seno al Creador hecho niño, habitara en los divinos tabernáculos. Era preciso que la madre de Dios poseyera las cosas de su Hijo y que, por todas las criaturas, fuera ella venerada como sierva del Señor y madre de Dios.
Como dogma de fe, fue definido por el Papa Pío XII el año 1950, diciendo: Para gozo y alegría de toda la Iglesia, con la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos, ser dogma de revelación divina que la inmaculada madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial.
Como dato curioso, podemos anotar que, cuando los protestantes oyeron hablar de que el Papa Pío XII iba a proclamar el dogma de la Asunción de María, muchos de ellos protestaron. Decían: ¿Dónde está eso en la Biblia? Y creían que esa definición iba a terminar con el ecumenismo católico. Sin embargo, ocurrió lo contrario; a partir de la definición del dogma de la Asunción, comenzó un nuevo amanecer del ecumenismo católico. Además, uno de los que más protestaron, el gran teólogo Max Thurian de la Comunidad de Taize (Francia), se hizo católico y muy amante de María, muriendo como sacerdote católico, precisamente, en la fiesta de la Asunción de 1996.
Otro dato interesante es lo que cuenta en sus Memorias la que fue durante cuarenta años ama de llaves del Papa Pío XII. El dogma de la Asunción iba a ser proclamado el 1 de noviembre de 1950. Ella dice:
"El 30 de octubre de aquel año de 1950, a la vuelta de su paseo por los jardines vaticanos, nos contó Pío XII que, mientras paseaba, vio un espectáculo raro en el cielo. El sol estaba todavía bastante alto y parecía una bola oscura de amarillo pálido, rodeada de un resplandor muy brillante. Delante del sol se mecía una nubecilla tenue y clara. El sol se movía ligeramente como balanceando a derecha e izquierda sobre su eje, y en su interior se observaban unos movimientos continuos. El conjunto ofrecía una vista maravillosa y se podían fijar los ojos en él sin deslumbrarse.
Al día siguiente domingo, fuimos expectantes al jardín, pero no vimos nada. El Santo Padre nos preguntó:
- ¿Lo han visto? Hoy ha ocurrido lo mismo que ayer.
El mismo espectáculo lo vio también el día de la promulgación dogmática, así como en la octava".
De esta manera, Dios quería bendecir al Papa, que vio en cuatro oportunidades el milagro del sol, que representaba a María, la mujer vestida de sol del Apocalipsis.

Este texto está sacado del libro "María Madre nuestra" de
P. ÁNGEL PEÑA O.A.R.
LIMA – PERÚ
2008

JESUS ESTÁ VIVO