26 nov. 2008

ESPIRITU SANTO


Los dones del Espíritu Santo

I. Vivimos rodeados de regalos de Dios. Todo lo bueno que tenemos, las cualidades del alma y del cuerpo..., todo son dones del Señor para que nos ayuden a ser felices en esta vida y alcancemos con ellos el Cielo.
Pero fue sobre todo en el momento de nuestro Bautismo cuando nuestro Padre Dios nos llenó de bienes incontables. Borró la mancha del pecado original en nuestra alma. Nos enriqueció con la gracia santificante, por la que nos hacía partícipes de su misma vida divina y nos constituía en hijos suyos.
Nos hizo miembros de su Iglesia.
Junto con la gracia, Dios adornó nuestra alma con las virtudes y los dones del Espíritu Santo. Las virtudes nos dan la capacidad de juzgar el mundo desde la fe, y de portarnos como verdaderos hijos de Dios.

Es necesaria la cooperación de nuestra libertad, nuestro querer y nuestro esfuerzo para ponernos en camino.
Los dones del Espíritu Santo van conformando nuestra vida según las maneras y modos de un hijo de Dios, para oír y poner en práctica las inspiraciones del Paráclito, que así va gobernando nuestra vida, que
entonces se guía por el querer de iDos, y no por nuestros gustos y caprichos.

Hoy le pedimos al Espíritu Santo que doblegue en nosotros la soberbia; que caliente en nosotros la tibieza en el trato con Dios; que enderece lo extraviado, porque son muchos los apegamientos terrenos, el peso de los pecados pasados, la flaqueza de la voluntad,

De aquí provienen los fracasos y debilidades, los cansancios y derrotas. le pedimos que arranque de nuestra alma el resto de las impurezas, para que suba hasta la Majestad de Dios

II. Cuando venga el Paráclito, que os enviaré desde el Padre, él dará testimonio de mí. La claridad que recibimos en la inteligencia nos hace conocer y comprender las cosas divinas; la ayuda que alcanza nuestra voluntad nos permite aprovechar con eficacia las oportunidades de realizar el bien que se nos presentan cada día y rechazar las tentaciones de todo aquello que nos alejaría de Dios.

El don de inteligencia nos descubre con mayor claridad las riquezas de la fe;

el don de ciencia nos lleva a juzgar con rectitud de las cosas creadas y a mantener nuestro corazón en Dios y en lo creado en la medida en que nos lleve a Él;

el don de sabiduría nos hace comprender la maravilla insondable de Dios y nos impulsa a buscarle sobre todas las cosas y en medio de nuestras obligaciones;

el don de consejo nos señala los caminos de la santidad, el querer de Dios en nuestra vida diaria, nos anima a seguir la solución que más concuerda con la gloria de Dios y el bien de los demás;

el don de piedad nos mueve a tratar a Dios con la confianza con la que un hijo trata a su Padre;

el don de fortaleza nos alienta continuamente y nos ayuda a superar las dificultades que sin duda encontramos en nuestro caminar hacia Dios;

el don de temor nos induce a huir de las ocasiones de pecar, a evitar todo mal que pueda contristar al Espíritu Santo, a temer separarnos de Aquel a quien amamos y constituye nuestra razón de ser y de vivir.

Le decimos: Ven, Espíritu Santo, y envía desde el cielo un rayo de tu luz.
Ven, padre de los pobres; ven dador de las gracias; ven, lumbre de los corazones Concede a tus fieles, que en Ti confían,
tus siete sagrados dones. Dales el mérito de la virtud, dales el puerto de la salvación, dales el Eterno gozo.
El Espíritu Santo desea darnos sus dones en tal abundancia que formen un río impetuoso en nuestra vida y que produzcan en nosotros sus admirables frutos. Sólo espera que quitemos los obstáculos de nuestra alma, que le
digamos desde lo más hondo:
Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles, y enciende en ellos el fuego de tu Amor.
No desea otra cosa que llenarnos de su gracia y de sus dones.
Si vosotros -decía el Señor-, siendo malos, sabéis dar buenos regalos a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que le piden?
debemos rogar con humildad al Padre que envíe a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual nos hace exclamar: Abba! ¡Padre!
Debemos pedir a Cristo que, mande al que es Consolador óptimo, dulce Huésped del alma, dulce refrigerio.

“Los Apóstoles, a pesar de haber sido instruidos por Jesús durante tres años, huyeron despavoridos ante los enemigos de Cristo. Sin embargo, después de Pentecostés, se dejaron azotar y encarcelar, y acabaron dando la vida en testimonio de su fe”.
Acercarse a la Virgen, Esposa de Dios Espíritu Santo, es un modo seguro de disponer nuestra alma a los nuevos dones que el Paráclito quiera darnos.

EL ESPIRITU DE DIOS.. ESTA EN ESTE LUGAR.
... EL ESPIRITU DE DIOS... SE MUEVE EN ESTE LUGAR,.. ESTA AQUI... PARA LIBERAR,.
. ESTA AQUI... PARA CONSOLAR....ESTA AQUI... PARA GUIAR
EL ESPIRITU DE DIOS ESTA AQUI...MUEVETE EN MI...
MUEVETE EN MI....
TOCA MI MENTE... MI CORAZON... LLENA MI VIDA... DE TU AMOR...
MUEVETE AQUI... DIOS ESPIRITU..
MUEVETE.... EN MI.
INVOQUEMOS ENTRE TODOS
¡AHORA HERMANOS¡
AL ESPIRITU SANTO...CON ESTA ORACION


¡SI ESPIRITU SANTO.¡. ¡
VEN A MOVERTE EN CADA UNO DE NOSOTROS
EN EL NOMBRE DE CRISTO JESUS¡.¡TE INVOCAMOS SOBRE CADA CORAZON,,
VEN A DESBORDAR,,
VEN A RODEARNOS CON TU PODER Y TU GLORIA..
¡HOY TE CEDEMOS TODO NUESTRO SER¡..
PARA QUE TU DIOS DISPONGAS DE NOSOTROS
Y SEAMOS ALABANZA Y GLORIA
PARA NUESTRO DIOS.
¡AMEN¡

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JESUS ESTÁ VIVO