8 sep. 2008

La Alegría del perdón


PERDONAR ES UNA DECISIÓNCon frecuencia, creemos que debemos sentir algo positivo en nuestro interior para poder perdonar de corazón. Pero para perdonar de verdad, no es necesario sentir algo bonito dentro de nosotros, sólo es preciso tener la voluntad de hacerlo, aunque todavía tengamos sentimientos negativos y sintamos rechazo a quien nos ha hecho daño. Perdonar, es una decisión de la voluntad. Y esta decisión la podemos y la debemos tomar para evitar que el odio y el rencor destruyan nuestra vida.Por supuesto que, muchas veces, es muy difícil perdonar a quien nos ha hecho mucho daño a nosotros o a nuestros familiares. Pensemos en quien ha matado o ha violado a nuestro ser más querido. Ciertamente que, humanamente, parece algo imposible. Por eso, el mismo Jesús ya nos avisó que sin Mí no podéis hacer nada (Jn 15, 5). En cambio, podemos decir con fe, como san Pablo: Todo lo puedo en Aquel (Cristo) que me fortalece (Fil 4, 13).Jesús nos dice que debemos perdonar siempre, hasta setenta veces siete (Mt 18, 22). Y, a continuación, Jesús explica la parábola de aquel hombre que debía a su señor 10.000 talentos, una cantidad extremadamente grande, y como no podía pagarle, el señor le perdonó toda su deuda. Y éste que ha sido perdonado, al ver a su compañero, que le debía la pequeña cantidad de 100 denarios, lo mete en la cárcel hasta que le pague. Entonces, el señor llama al que había sido perdonado y le dice: Yo te perdoné tu deuda, porque me lo suplicaste. ¿No debías tú tener compasión de tu compañero como yo la tuve contigo? E irritado, lo entregó a los torturadores hasta que pagase toda la deuda. Y añade Jesús: Así hará con vosotros mi Padre celestial si no perdona cada uno de corazón a su hermano (Mt 18).El odio es un veneno, que nos va pudriendo por dentro y no nos deja vivir en paz, llevándonos a la violencia y a la desesperación. Hay personas que van mucho a la iglesia o tienen su casa llena de estampas religiosas, pero su corazón está duro, porque no quieren perdonar. Es como si dijeran: A Dios lo amo con todo mi corazón, pero al que me ha hecho daño, lo odio con todo mi corazón. Y eso es una contradicción. No podemos decir: Yo amo a Jesús, pero odio a mi hermano. Yo rezo a Jesús, pero no rezo por mi hermano. Por esto, sería bueno preguntarnos alguna vez: ¿cuánto amo a Jesús? La respuesta es: Lo amo tanto como amo a mi peor enemigo, pues Jesús ha dicho: Lo que hiciereis a uno de estos mis hermanos más pequeños a Mí me lo hacéis (Mt 25, 40). Y debemos reconocer que, con frecuencia, es muy poco lo que amamos a Jesús, pues es muy poco lo que amamos a nuestro peor enemigo.Una buena manera de liberarnos del rencor es orar por nuestros enemigos, pidiendo a Dios que los bendiga. Es como ir en contra del odio, que nos llama a vengarnos y a desear el mal; la oración nos invita a bendecir y a pedir el bien para nuestros enemigos. De ahí que sería una contradicción que alguien vaya a la iglesia a rezar para que Dios castigue a sus enemigos o mande celebrar una misa para que Dios les haga pagar sus culpas. Dios quiere que perdonemos, no que les deseemos el mal o que le pidamos que los castigue.Otro medio muy importante es la confesión. La confesión es liberación de nuestros pecados, que, a veces, son como pesos insoportables de llevar. Pues bien, cuando nos confesamos del rencor con el propósito y la decisión de perdonar, aun cuando todavía sintamos rechazo a esas personas, ya estamos dando los pasos para descargar así el peso de la venganza o del resentimiento. La confesión es una verdadera liberación, que también nos sana sicológicamente, pues el peso de un pecado grave, no confesado durante mucho tiempo, puede crear tensión interior y malestares que afectan a nuestra salud.Como vemos, ciertamente, ser cristianos no es fácil. Jesús quiere que perdonemos, pero todavía nos pide algo mucho más difícil: Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen (Mt 5, 44). Amar a los enemigos es algo realmente, en algunos casos, heroico; pero ése es el ideal, al que debemos aspirar.Si no perdonamos, haremos mala sangre y envenenaremos nuestra vida. Ya lo decía el gran filósofo Max Scheler: El resentimiento es una autointoxicación síquica, es decir, un autoenvenenamiento interior, que hasta produce enfermedades físicas. Por esto y por mucho más, debemos decidirnos a perdonar y dejar el resto a Dios y a la justicia humana. Una vez que hemos puesto de nuestra parte lo que creíamos mejor, incluso denunciando al malvado para que no siga haciendo el mal a otros, podemos dormir tranquilos y tener paz en el corazón. Y, si nos resulta demasiado difícil perdonar, pidamos ayuda a Dios y a nuestra Madre la Virgen María, y a todos los santos y ángeles. Oremos sin cesar, porque el perdón también es una gracia de Dios, que debemos pedir humildemente. Decidamos en este mismo momento perdonar con la ayuda de Dios y así sentiremos la alegría de vivir.Veamos algunos ejemplos concretos: Candice Lee, cuando tenía 21 años fue asaltada y estrangulada por un criminal. Ella dice:- Yo estaba esperando a mi esposo a la puerta del nightclub donde trabajaba, para recogerlo. Era la 1 a.m. Él no me estaba esperando afuera como acostumbraba y yo lo esperé dentro del coche. De pronto, un hombre vino, me abrió la puerta y me sacó a la fuerza del coche, me arrastró un par de casas más abajo y me estranguló hasta morir. Él me asesinó. Yo estaba clínicamente muerta.Yo sentí un fuerte sonido y quedé en total oscuridad, pasando por un túnel oscuro. Tres ángeles me llevaron por el túnel hasta el final, donde se veía una luz muy brillante. Allí vi a mi padre. Él había muerto cuando yo tenía 15 años. También estaban con él otras personas que eran de mi familia, aunque a algunos de ellos no los conocía. Ellos estaban en un lugar inmenso donde parecía que iban a estar para siempre, no había paredes, y todo estaba iluminado por la luz más brillante que se pueda imaginar, más brillante que la luz del sol.En aquel lugar, había una mesa muy grande con un libro sobre ella. Un ángel miró el libro y encontró la página (de mi vida). Los ángeles me llevaron a otro lugar donde estaba Jesús. Yo me arrodillé y los ángeles se colocaron a mis costados de pie. Jesús se acercó a mí y me dijo: "Regresa, todavía no es tu hora. Tú debes enseñar". Jesús estaba brillante. Era pura luz, pero yo podía ver su cuerpo. Vestía ropas blancas ysu rostro era luminoso como una luz incandescente. No hay nada en el mundo más hermoso. Estaba lleno de amor. Se podía sentir su amor.Cuando Jesús me dijo que debía regresar, me encontré de nuevo en el túnel y aterricé en mi cuerpo. Abrí los ojos y vi a mi asesino sobre mí. Él se asustó y se enfureció. Él me dijo: "Tú estabas muerta". Creo que habían pasado unos quince minutos. Yo le rogué: "Por Dios, déjeme vivir". Me dejó y, al rato, vino la ambulancia y la policía. Yo estaba desaliñada y tenía heridas en el pecho que me duraron seis meses. Pero perdoné de corazón a mi asesino.Ahora sé que tengo una misión en la vida de hablar a otros sobre el Señor. Y cada día le digo: "Señor, hazme un canal de tu palabra para hablarles a los demás de Ti". Rezo por mi asesino para que se convierta. Dios lo juzgará y le mostrará un día, como a mí, el libro de su vida.- En 1993, yo era enfermera, vivía en Florida y tenía 36 años. Acostumbraba por las noches dar de comer a todos los gatos de la vecindad. Un día a las 11:30 p.m. fui a darles de comer y, cuando regresé a casa, encontré a un hombre en la cocina. Yo lo había visto antes, pues era un vecino y sabía que no era buena persona. Él estaba allí para violarme y matarme. Tenía un rifle y un cuchillo. Yo vi el cuchillo de mi cocina y lo cogí para defenderme, pero casi no recuerdo nada más. Él me golpeó con el rifle y me hirió muchas veces con el cuchillo y me estranguló con sus dedos sobre mi garganta, ocasionándome muchas hemorragias y la muerte clínica.Parece que un vecino oyó mis gritos y llamó a la policía. Mi atacante era sordomudo y sólo huyó, cuando vino la policía. Felizmente, los policías me hicieron masajes al corazón y me resucitaron. Me llevaron al hospital y allí tuvieron que hacerme una traqueotomía. Al quedar como muerta, pasé por un túnel oscuro y llegué a un lugar increíblemente hermoso. Había muchas bellas flores y todo era maravilloso. Entonces, vino un hombre con vestidos blancos y luminosos. Parecía un ángel y me dijo: "Estamos contentos de que estés aquí". Yo le respondí: "Mi familia también me necesita". Entonces, él me dijo: "Muy bien, puedes regresar, pero tienes que hablar sobre esto". Y no he parado de hablar desde entonces.Mi experiencia del más allá fue un regalo de Dios, a pesar de todos los sufrimientos, pues quedé desfigurada y con muchas heridas. Sin embargo, he podido perdonar sinceramente al hombre que me asaltó. Ahora no juzgo a la gente. Ahora trato de hacer el bien a todos y perdonar siempre.La doctora Elisabeth Kübler-Ross dice:Una vez encontré a una mujer negra, que trabajaba en la limpieza del hospital donde yo estaba. Ella era muy ignorante, nunca había ido a una escuela superior. Pero tenía algo que yo no sabía qué era y que la hacía extraordinaria. Cada vez que ella entraba a la habitación de un enfermo moribundo, algo sucedía y yo hubiera dado un millón de dólares para saber el secreto de esta mujer. Un día, la encontré en el pasillo y le pregunté: "¿Qué hace usted con mis pacientes moribundos?". Ella se sorprendió por la pregunta y dijo: "Yo no hago nada, yo sólo limpio su habitación". Pero me abrió su corazón y me habló de su dramática historia. Ella había crecido en un barrio muy pobre. Pasaban hambre, no tenían medicinas... En una ocasión, ella se sentó en el hospital con su hijo de tres años, esperando al médico, pues su hijo estaba muy enfermo. Y su hijo murió de neumonía en sus brazos, esperando, porque no lo habían querido atender a tiempo. Ella me dijo todo esto sin resentimiento, sin ira y sin odio. Y continuó: "Usted sabe, doctora, la muerte no me es ajena. Algunas veces, cuando entro en la habitación de un moribundo, ellos parecen muy asustados. Yo no puedo ayudarlos, pero me acerco a ellos y los toco con cariño y les digo: "No es algo tan terrible. Dios te ama".Dice Bill Wild: Vivía en la sección judía de Varsovia, con mi esposa, nuestras dos hijas y nuestros tres hijitos. Cuando los alemanes llegaron a nuestra calle, pusieron a todos en fila contra la pared y abrieron fuego con las ametralladoras. Les supliqué que me permitieran morir con mi familia; pero, como yo hablaba alemán, me pusieron en un grupo de trabajo… En ese momento, tenía que decidir si odiar o no a los soldados que habían hecho eso. Yo era abogado y, en el ejercicio de mi profesión, había visto con demasiada frecuencia lo que el odio podía hacer a la mente y al cuerpo de la gente. El odio acababa de matar a las seis personas más importantes del mundo para mí. Por eso decidí entonces, que pasaría el resto de mi vida, sin importar si eran pocos días o muchos años, amando a cada persona que tuviera contacto conmigo.- Simon Wiesenthal estaba en un campo de concentración y un día se le acercó una enfermera y lo llevó delante de un oficial joven de la SS que estaba muy grave. El oficial le dijo que le pesaba el crimen que los soldados a su mando habían hecho al quemar y matar a 300 judíos, y añadió: Sé que es terrible; pero, mientras espero la muerte, siento la urgencia de hablar con un judío sobre esto y pedirle perdón de todo corazón.Wiesenthal dice: De pronto, lo comprendí y, sin decirle una palabra, salí de su habitación. Había comprendido que perdonar significaba tomar la decisión de renunciar al odio y a la venganza.- En su libro My first white friend (mi primera amiga blanca) P. Roybon, una periodista negra, describe cómo odiaba a los blancos por todo lo que habían hecho a los negros. Después de un tiempo, reconoció que su odio estaba destruyendo su identidad y dignidad, no queriendo aceptar la amistad que le ofrecía una amiga blanca del colegio. Y decidió perdonar para ser feliz.- El escritor italiano Giovanni Barra cuenta una historia del Oeste americano. Old Tex había sido un bandido y había matado a un hombre llamado José Fernández. Un día, para evitar ser arrestado por la policía, llamó a la puerta de una casa de religiosas de la caridad. Le dijo a la portera:- ¿Podría usted esconderme?La religiosa, al principio, se asustó, pero después, sonriente, le dijo:- Venga. Esto es una leprosería. Los que le persiguen no tendrán el valor de entrar aquí. Pero, si entran, vaya a la sala del fondo, donde están los enfermos más graves. La puerta se cerrará automáticamente.Llegaron los guardias y se les hizo entrar a buscar al bandido. Echaron una mirada por encima, pero no se atrevieron a entrar hasta el fondo. Allí estuvo Old Tex tres días escondido. Un sacerdote misionero le habló y se convirtió. Antes de marcharse, quiso despedirse de la religiosa que lo había recibido en la puerta. Y le dijo:- Hermana, sin usted me habrían matado. Además, he recibido un bien inmenso en mi alma.La religiosa, con dos lágrimas en los ojos, le respondió:- Señor Tex, si he podido hacer algo por usted, lo he hecho sencillamente por amor a Cristo, pero tengo una súplica que hacerle. No levante nunca más la mano contra su prójimo. Quizás no sabe, no puede saber lo que es el luto y el llanto de quien ha perdido a un ser querido. Entonces, él comprendió que aquella religiosa era la hija de José Fernández, a quien él había matado y que ella ahora lo amaba y perdonaba.- Cronin, el famoso novelista inglés, cuenta que viajaba en una ocasión en tren y, en el mismo departamento, viajaba también un muchacho que parecía estar nervioso. Movido por la curiosidad le preguntó:- ¿Qué te pasa, muchacho?- Vengo de la cárcel. Durante nueve años, he vivido encerrado entre rejas lejos de la familia. Cometí unos delitos que avergonzaron a mis padres. Ahora me han dado la libertad y vuelvo hacia ellos. Ahora, al darme la libertad, he escrito una carta, pidiéndoles perdón. Les he pedido que, si me perdonan, como señal para que yo lo sepa distinguir, cuelguen en el manzano que hay en la huerta de mi casa, por donde va a pasar el tren, una cinta blanca de una rama visible. Si es así, yo entenderé que me perdonan y me llegaré a la casa. Si no, pasaré de largo. Ya faltan solamente dos pueblos para que lleguemos al mío y estoy inquieto.Después de un rato le dijo:- Por favor, la próxima tapia es la finca de mi padre. No me atrevo a mirar. Tenga la bondad de mirar usted...Aquel muchacho recogió la cabeza entre sus manos, mientras el tren comenzaba a rebasar la tapia. Cronin miraba por la ventanilla. Dio un salto. Cogió al muchacho por los brazos y lo sacudió:- Mira, hijo, mira el manzano.El muchacho no daba crédito a lo que veía. Colgadas de cada una de las ramas del manzano había, no una, sino docenas de cintas blancas. Sus padres lo perdonaban y lo perdonaban con generosidad desbordante.
Libro de :P. Ángel Peña Benito Agustino recoleto LIMA-PERÚ
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