18 ago. 2008

LA COMPRENSIÓN





LA COMPRENSIÓN
La comprensión con los demás es algo muy importante en la vida. Comprender es amar y es tener consideración con los que no piensan como nosotros. Eso es también ser tolerantes con las opiniones y las acciones de los demás, siempre que no atenten contra nuestros derechos o contra la verdad. No olvidemos que todos los hombres, de cualquier color, raza o religión, somos iguales ante Dios, porque somos hermanos, hijos del mismo Padre.
Cuentan que una vez, en una carpintería, había diferentes herramientas que no se entendían entre sí. Y convocaron a una reunión para tratar de arreglar sus diferencias. El martillo ejerció la presidencia, pero la asamblea decidió que renunciara, porque hacía demasiado ruido y todo el tiempo se pasaba golpeando. El martillo reconoció sus errores, pero pidió que renunciara también el tornillo, pues daba muchas vueltas para hacer las cosas. El tornillo aceptó la renuncia, pero pidió la expulsión de la lija, porque siempre tenía fricciones con los demás, pues era muy áspera en el trato. La lija aceptó, pero pidió la renuncia del metro, porque se pasaba el tiempo midiendo a los demás según su propia medida, como si fuera el único perfecto.
En ese momento de la asamblea, entró el carpintero y empezó a trabajar, utilizando el martillo, el tornillo, la lija y el metro. Cuando terminó el trabajo, se reanudó la asamblea y, entonces, tomó la palabra el serrucho y dijo:
Señores, queda demostrado que todos tenemos defectos, pero el carpintero trabaja con nuestras cualidades. Así que no pensemos tanto en los defectos de los demás sino en sus cualidades para aceptarnos todos como somos y vivir en paz como hermanos.
Veamos otro caso. En una ocasión, un muchacho de 17 años se quejaba al gran escritor Mark Twain respecto de su padre. Le decía:
No nos entendemos, nos pasamos el día discutiendo. Es tan reaccionario que no tiene ninguna sensibilidad para las cosas actuales. ¿Qué debo hacer? ¡Pienso irme de casa!
Mark Twain le contestó: Te comprendo perfectamente. Cuando yo tenía 17 años, también mi padre era así de conservador, no podía soportarlo. Debes tener un poco de paciencia con los viejos, son lentos para los cambios. Cuando tuve 27 años, mi padre ya había progresado mucho, se podía hablar con él de modo razonable. Y, actualmente, después de otros 10 años, no lo creerás; pero, cuando ya no sé qué hacer, voy y le pido un consejo a mi viejo padre. ¡Fíjate cómo pueden cambiar los viejos!
¿Cambian los viejos o cambiamos nosotros con la experiencia de los años? Había una vez un maestro espiritual que decía: Cuando era joven, yo le pedía a Dios: Señor, ayúdame a cambiar el mundo. Cuando tuve 40 años, le decía: Señor, ayúdame a cambiar a los que me rodean. Y ahora que soy anciano, le digo: Señor, ayúdame a cambiarme a mí mismo. En la medida en que uno cambia es más comprensivo y puede ayudar mejor a cambiar a los demás. Por eso, nunca despreciemos a nadie. Seamos tolerantes con sus defectos y aprendamos que nadie es tan ignorante que no pueda enseñar algo a los demás y nadie es tan pobre que no pueda dar algo a los demás para hacerlos más felices.
No nos creamos la "divina pomada", capaces de solucionar todos los problemas. Alguno podría decir: Si yo fuera el Presidente de la República, haría esto o lo otro... Y solucionaría todos los problemas con suma facilidad... Nos puede pasar como a aquel angelito del cuento. Un ángel del cielo quería ayudar a los hombres a ser felices y pensó que Dios no estaba llevando las cosas bien. Por eso, le pidió que le dejara durante un año el gobierno del mundo para poder modificar las cosas y hacer un mundo feliz. Los otros ángeles estaban consternados por tanta audacia, pero Dios, que es humilde y paciente, le concedió lo que pedía.
Como sólo tenía un año de tiempo, comenzó rápidamente a poner las cosas en orden. Quería que fuera un año de mucha alegría y tranquilidad para todos. Y consiguió que no se oyeran lamentos. Nunca en la historia del mundo había habido tanta abundancia de todo. Los campos estaban llenos de frutos y mieses. Parecía un paraíso terrenal y el ángel estaba orgulloso de su trabajo. Al terminar el año previsto, regresó al cielo, contándoles a todos lo bien que había hecho todo y que todos estaban felices en la tierra.
Pero, al comenzar el nuevo año, comenzaron los lamentos y la desesperación de la gente. El ángel pensó que debería seguir gobernando al mundo, pues empezó a creer que era indispensable. Pero se preguntó: ¿Por qué las cosas ahora no funcionan? Y, vestido de peregrino, bajó a la tierra, viajando de país en país para ver qué pasaba. El grano que usaban para la harina y el pan que comían no tenía sustancia, no se podía comer y era amargo. La gente se moría de hambre y estaba desesperada, pensando que Dios les había dado un año de falsas bendiciones. El ángel fue a quejarse ante Dios, pero Dios le dijo:
Mi querido aprendiz, debes aprender una verdad demasiado profunda para que puedas comprenderla fácilmente. La tierra debe ser azotada por los vientos y las tempestades para que las plantas se hagan fuertes y tengan la suficiente agua para crecer. Pero tú quisiste un año sin nubes y con buen tiempo todos los días y eso hizo que las cosechas fueran abundantes, pero con frutos sin sustancia y sin sabor. Hacían falta las tempestades para que cayera la lluvia y los campos se fertilizaran. Pues bien, eso mismo hace falta en la vida de los hombres. El dolor y los problemas de la vida son necesarios para fortalecer el alma. Un hombre, que nunca ha sufrido, no sabe lo que es el verdadero amor, pues amar es dar la vida por los demás, amar es servir y ayudar, es compartir y agradecer. Amar, en una palabra, es vivir para los demás, superando los vicios y las tentaciones como una planta que es zarandeada por el viento y regada por la lluvia de la tempestad. Hijo mío, aprende a luchar y a trabajar, porque sin esfuerzo ni sacrificio, no hay nada grande en la vida. Acepta a los demás como son y trata de hacerlos felices en todo momento.
Cuenta una leyenda que había en la India un cargador de agua que tenía dos grandes vasijas, que colgaban en los extremos de un palo, que llevaba encima de los hombros. Una de las vasijas tenía varias grietas, mientras que la otra era perfecta y conservaba toda el agua al final del largo camino a pie, desde el arroyo hasta la casa de su patrón; pero, cuando llegaba la vasija rota, sólo tenía la mitad del agua.
Durante dos años completos esto fue así diariamente. Desde luego, la vasija perfecta estaba muy orgullosa de sus logros. Pero la pobre vasija agrietada estaba muy avergonzada de su propia imperfección y se sentía miserable, porque sólo podía hacer la mitad de todo lo que se suponía que era su obligación. Después de dos años, la tinaja quebrada le habló al aguador diciéndole:
Estoy avergonzada y me quiero disculpar; porque, debido a mis grietas, sólo puedes entregar la mitad de mi carga.
Pero el aguador le dijo:
Cuando regresemos a casa, quiero que notes las bellísimas flores que crecen junto al camino.
Así lo hizo la tinaja y, en efecto, vio muchísimas flores hermosas a lo largo del camino. Entonces, el aguador le dijo:
¿Te diste cuenta de las flores tan hermosas? Siempre he sabido de tus grietas y quise sacar el lado positivo de ello. Sembré semillas de flores a lo largo del camino, por donde vas todos los días, regándolas. Por dos años, yo he podido recoger estas bellas flores para alegrar la casa de mi familia. Si no fueras exactamente como eres, incluidos tus defectos, no hubiera sido posible crear esta maravilla. El haberte comprendido y aceptado como eres ha hecho posible tanta belleza.
Conclusión: acepta a los demás como son. Sé comprensivo con sus limitaciones y defectos y haz que desarrollen al máximo sus cualidades.
Para leer el libro completo hacer clic en el siguiente vículo interno :
http://lucesenelcamino-piojosaltarin.blogspot.com/

texto sacado del Libro:
LUCES EN EL CAMINO de
ÁNGEL PEÑA O.A.R.
LIMA – PERÚ
2008

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