28 abr 2008

ÚLTIMO MENSAJE DE LA VIRGEN MEDJUGORGE



Mensaje del 25 de abril de 2008 "¡Queridos hijos! También hoy los
invito a todos a crecer en el amor de Dios, como una flor que
siente los rayos cálidos de la primavera. Así también ustedes,
hijitos, crezcan en el amor de Dios y llévenlo a todos aquellos
que están lejos de Dios. Busquen la voluntad de Dios y hagan el
bien a aquellos que Dios les ha puesto en su camino; y sean luz y
alegría.¡Gracias por haber respondido a mi llamado!"
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25 abr 2008

MENSAJES DE NUESTRA MADRE



MENSAJES DE NUESTRA MADRE
En muchos lugares y de muchas maneras Nuestra Madre nos ha enviado mensajes en sus apariciones a través del mundo. Quisiera solamente referirme a lo que le decía al Padre Esteban Gobbi, fundador del Movimiento sacerdotal mariano, aprobado por la Iglesia.


"Estos son los tiempos en que Satanás y las fuerzas diabólicas se hacen adorar por un número cada vez mayor de hombres y así se hace más vasta la difusión del culto satánico, de las sectas y de las misas negras" (15-8-89). "Ha caído la noche sobre el mundo, ésta es la hora de las tinieblas, la hora de Satanás, es el momento de su más grande triunfo" (28-8-73).
"El demonio de la corrupción, el espíritu de lujuria ha seducido a todas las naciones. Ya ninguna se salva... Por eso, deben luchar contra la moda cada vez más indecente y provocativa, deben luchar contra la prensa que propaga el mal y contra los espectáculos que son la ruina de las costumbres. Deben luchar contra la moral que todo lo permite" (16-10-73).

"Sirvan de ejemplo a todos por su pureza, por su sobriedad, por su modestia... Déjense guiar por Mí como niños. Deben volver a orar más, a amar más a Jesús, a adorarle más en la Eucaristía... Sean fieles al Papa y a la Iglesia a él unida, con total obediencia a sus mandatos, propagando sus enseñanzas, listos para combatir hasta el derramamiento de la sangre para estar siempre unidos a él y ser fieles al Evangelio" (1-11-73).


"Conságrense a mi Inmaculado Corazón. A quien se consagre a Mí, yo vuelvo a prometerle la salvación: la salvación del error en este mundo y la salvación eterna. Así yo impediré que puedan caer en las seducciones de Satanás. Yo misma los protegeré y defenderé, los consolaré y fortaleceré" (13-5-76).

"Sigan el camino de la oración. Muchos de mis hijos están a punto de perderse eternamente. ¡Ayúdenme a salvar a sus hermanos! No se asombren si, en esta batalla, caen los que no han querido o no han sabido usar el arma que yo misma les he dado: la oración sencilla, humilde y mía del santo rosario. Es oración sencilla y humilde y, por lo tanto, es la más eficaz para combatir a Satanás, que hoy los seduce, sobre todo, con el orgullo y la soberbia" (28-5-76).
"A los niños les pido que crezcan en la virtud de la pureza... A los jóvenes les pido que se formen en el dominio de las pasiones, con la oración y la vida de unión conmigo, y que renuncien a ir a los cines y discotecas donde hay un continuo peligro de ofender la virtud de la pureza. A los novios les pido que se abstengan de toda relación antes del matrimonio. A las familias les pido que se formen en el ejercicio de la castidad conyugal y nunca usen medios artificiales para impedir la vida. También deseo de los sacerdotes y religiosos la práctica fiel y austera de su voto de castidad" (13-10-89).

"¿Quieren también ustedes ofrecerse como víctimas al Señor sobre el altar de mi Corazón inmaculado por la salvación de los pobres pecadores? Oren más, especialmente el santo rosario. Hagan frecuentes horas de adoración y reparación eucarística. Acojan con amor todos los sufrimientos que el Señor les mande y difundan sin miedo mis mensajes" (15-9-89).

"No tengan miedo, al final la victoria será sólo de mi Hijo y mía: será el triunfo de mi Corazón Inmaculado en el mundo" (19-12-73).

"Hijos míos, les invito a refugiarse completamente en mi Corazón Inmaculado" (9-11-75).
¿Escuchas los mensajes de María?
¿Quieres ser santo?

Texto sacado del:
Libro del R.P. Angel Peña, O.A.R, titulado "La vida es una lucha"

17 abr 2008

Santo según tu vocación


SER SANTO SEGÚN TU VOCACIÓN

Toda vocación, incluida la del matrimonio, es un compromiso de fidelidad, lo cual implica un riesgo, pero vale la pena arriesgarse como se arriesga el sembrador al echar 1a semilla o quien se va de viaje o quien comienza una empresa. El que no quiere correr riesgos y no se arriesga, nunca hará nada que valga la pena. Por eso, cada vez hay más hombres que no quieren casarse, y prefieren divertirse como solteros o, a lo sumo, convivir para poder después romper fácilmente el compromiso matrimonial. Pareciera que hoy la mayor parte de la gente no quiere compromisos definitivos. Pero la vocación es una elección libre, responsable y definitiva, para toda la vida. Compromete toda la vida hasta sus últimas consecuencias. Es una entrega total. Por eso, hay que cultivar todos los días la fidelidad a la propia vocación, siendo fiel en los más pequeños detalles. Hay que evitar los permisivismos, que ofuscan la mente y el corazón, pues nos hacen huir del sacrificio y del esfuerzo, buscando el mínimo esfuerzo y haciendo siempre lo mínimo indispensable.

Lamentablemente, hay muchos hogares, conventos y seminarios en los que se ofrecen toda clase de comodidades y se exige muy poco, y por este camino nunca se conseguirán verdaderas vocaciones. La auténtica vocación muere en un ambiente de mediocridad. Los medios términos y las medias tintas la dejan fuera de combate. La vocación debe cultivarse cada día en la renuncia a muchas cosas buenas, pero inconvenientes.

La santidad no se improvisa, no se consigue de un día para otro. La santidad es un camino de subida hacia la altura y supone esfuerzo y trabajo personal. Es sólo para esforzados que tienen fuerza de voluntad y saben perseverar sin volver atrás. Quizás necesites toda la vida para prepararte y madurar lo suficiente, o quizás Dios te regale la santidad en el último momento como un don, en consideración a tantos años de oración, pidiéndole esta gracia. Dios tiene caminos distintos para cada uno.
Lo importante es no desanimarte nunca en este camino, que, a veces, está lleno de piedras y espinas. Tu camino es único y distinto al de todos los otros santos. Dios tiene para ti un plan único. Tú no eres una fotocopia de otros santos, sino una flor única en el jardín de Dios. Por eso, no dejes nunca tu oración personal por muy cansado que estés y, dado que la santidad es una conquista personal y un regalo de Dios, debes pedirla todos los días. Dile todos los días: “Señor, hazme santo”. Y pide a todos los que puedas que te ayuden con sus oraciones por “una intención especial”. Así podrás obtener muchas bendiciones, porque otros muchos te encomiendan en sus oraciones.

Sin embargo, no necesitas entrar a un convento o hacer grandes penitencias o grandes obras para ser santo. Basta que cumplas fielmente tus obligaciones de cada día con amor.

Éste fue precisamente el gran mensaje que dejó al mundo el fundador del Opus Dei, el santo Josemaría Escribá de Balaguer. Él decía: “La santidad grande que Dios nos reclama se encierra aquí y ahora en las pequeñas cosas de cada jornada” (Amigos de Dios 312). “La santificación del trabajo ordinario constituye como el quicio de la verdadera espiritualidad para los que, inmersos en las rea1idades tempora1es, estamos decididos a tratar a Dios" (ib. 61). “Dios nos espera cada día en un laboratorio, en el quirófano de un hospital, en el cuartel, en la cátedra universitaria, en la fábrica, en el taller, en el campo, en el hogar de familia y en todo el inmenso panorama del trabajo. Sabedlo bien, hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes que toca a cada uno de vosotros descubrir"(Conversaciones 114).

“Hay que santificar el trabajo, santificarse en el trabajo, santificar a los demás con el trabajo” (ib. 55). Por eso, “vive tu vida ordinaria, trabaja donde estás, procurando cumplir los deberes de estado. Sé leal, comprensivo con los demás y exigente contigo mismo. Sé mortificado y alegre. Ése será tu apostolado” (Amigos de Dios 273).

Pregúntate a cada instante como aquella abuelita: “Esto que voy a hacer ¿le gustará a Jesús? ¿Qué haría Jesús en mi lugar?” Si te hicieras estas preguntas frecuentemente, podrías ver las cosas de distinta manera y no desde un punto de vista demasiado humano y egoísta.

El Papa Juan Pablo II, en la carta apostólica “Novo Millennio ineunte”, dice: “El ideal de perfección no ha de ser malentendido como si implicase una especie de vida extraordinaria, practicable sólo por algunos “genios” de la santidad. Los caminos de la santidad son múltiples y adecuados a la vocación de cada uno. Doy gracias al Señor que me ha concedido beatificar y canonizar durante estos años a tantos cristianos, y entre ellos a muchos laicos, que se han santificado en las circunstancias más ordinarias de la vida. Ahora es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este “alto grado” de la vida cristiana ordinaria”.

Así que ya lo sabes, tú también puedes ser santo, tienes madera de santo y estás ya inscrito en la lista de los futuros santos. ¿Te vas a retirar de la carrera por cobardía o por comodidad? ¿Qué te dirá tu Padre Dios, que desea siempre lo mejor para ti? Él cuenta contigo, no lo olvides.
Texto sacado del libro--->P. ÁNGEL PEÑA O.A.R.
HACIA LA SANTIDAD

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DESEO DE SANTIDAD







DESEO DE SANTIDAD

El primer paso para ser santo es querer ser santo. Si no quieres serlo, porque crees que es imposible para ti o simplemente no quieres, porque crees que hay que sufrir demasiado y prefieres tu vida tranquila y sin complicaciones... Entonces, estás perdido y nunca llegarás a la santidad.

Santa Teresa de Jesús nos habla de que hay que tener una "determinada determinación", una decisión seria de querer ser santos. Evidentemente, las personas que tienen una voluntad muy débil y que se quedan en bonitos deseos, pero no ponen de su parte y no se esfuerzan, nunca podrán llegar a ser santos, mientras no adquieran esa fuerza de voluntad que es necesaria para hacer grandes cosas.

Recuerdo que un día estaba paseando con otro sacerdote y se nos acercó un buen hombre que le dijo a mi compañero: “Padre, Ud. es un santo”. Y él le dijo: “No soy santo, pero quiero ser santo". Una buena respuesta, reconocer que somos pecadores y nos falta mucho, pero decir claramente y sin vergüenza: “Quiero ser santo”. Personalmente, cuando me dicen algo así, les digo: “Solamente soy un aspirante a la santidad”, ¿y tú?

Si quieres ser santo de verdad, debes comenzar por ser un buen cristiano. Eso significa que nunca debes mentir, ni robar, ni decir malas palabras ni ser irresponsable. Eso supone una decisión firme de evitar todo lo que ofenda a Dios y a los demás y querer ser siempre sincero, honesto, honrado, responsable...

Una vez que estás bien encaminado y deseas amar a Dios sobre todas las cosas, no debes angustiarte por no ver avances importantes, pues la santidad es un regalo de Dios que debes pedir también humildemente todos los días. ¿Lo pides de verdad y con sinceridad? Pero no pidas un determinado tipo de santidad, sea con dones místicos o sin ellos, con buena salud para trabajar o con enfermedad, con puestos importantes o sin ellos. Déjale a Dios que escoja el tipo de santidad que quiere para ti. Él te conoce y te ama, déjate llevar sin condiciones, e invoca a tu santo patrono. ¡Qué importante es tener un nombre cristiano y tener un santo protector a quien invocar con devoción!
Texto sacado del libro de :P. ÁNGEL PEÑA O.A.R.
HACIA LA SANTIDAD

Enlace interno GRANDES SANTOS

13 abr 2008

LAS TRES AVEMARÍAS



LAS TRES AVEMARÍAS
En las Revelaciones de santa Matilde se lee que la Virgen María le dijo con relación a su petición frecuente de que la asistiera en la hora de la muerte:
Sí, lo haré; pero quiero que por tu parte me reces diariamente tres avemarías, conmemorando en la primera el poder recibido del Padre eterno; en la segunda, la sabiduría con que me adornó el Hijo y, en la tercera, el amor de que me colmó el Espíritu Santo.
Esta devoción de las tres avemarías fue recomendada por algunos Papas como Pío IX, que las rezaba cada día después de cada misa. Y esta costumbre de rezar tres avemarías después de la misa, la extendió el Papa León XIII a todos los sacerdotes de la Iglesia. Muchos santos también aconsejaron esta devoción, especialmente, san Leonardo de Puerto Mauricio y san Alfonso María de Ligorio.
¡Cuántas personas han podido comprobar en su propia vida la eficacia de esta devoción de las tres avemarías! Un pequeño obsequio, ofrecido a María, nos puede obtener la salvación, aunque sólo sea un avemaría. Veamos algunos ejemplos.
- Un famoso sacerdote, que tanto escribió en la prensa francesa, con el seudónimo de Pierre L´Ermite, contaba el siguiente suceso como auténtico:
Un maestro impío había descristianizado a sus alumnos en los diferentes lugares en que había sido profesor. Al llegar la segunda guerra mundial, se unió a un grupo de fugitivos. Pero los muchos sufrimientos que debía soportar en los montes, lo llevaron a la desesperación y decidió quitarse la vida. Se separó de sus compañeros y se sentó junto a un árbol, sacando su revólver, con el que quería darse muerte. Pero, en ese momento, acordándose de una costumbre que había tenido en su infancia y que había olvidado durante 40 años, comenzó a rezar tres avemarías. Apenas terminó de rezarlas, sintió una fuerza sobrenatural y desechó la idea del suicidio uniéndose a sus compañeros. A partir de ese momento, comenzó una auténtica vida cristiana, que procuraba inculcar a todos los que encontraba. Las tres avemarías de última hora, le habían obtenido la gracia de la vida y de la conversión.
- En 1959, el padre redentorista Luis Larrauri confesó a un mudo. Dice así: Después de haber dirigido una misión popular, el hijo de un caballero me suplicó que fuera a confesar a su padre, que llevaba tres meses mudo y estaba gravísimo por efectos de una embolia. Fui a su casa y entré en la habitación del enfermo. Le dije:
- Esté usted tranquilo, yo le haré preguntas y usted me responde sí o no con la cabeza.
Entonces, el caballero rompió a llorar. Y con voz alta y distinta se confesó. ¡Yo no salía de mi asombro! Y él me dijo:
- Padre, usted va a comprender inmediatamente por qué hablo en estos momentos. Desde los diez años tomé la costumbre de rezar por la mañana y por la tarde las tres avemarías, que me aconsejaron los misioneros. Desde los catorce años, perdí toda práctica religiosa, menos las tres avemarías. Ningún día las omití, pidiendo también la gracia de no morir sin hacer una buena confesión, porque necesitaba confesarme bien desde mi primera comunión a los ocho años…
Al terminar la confesión, quedó mudo otra vez. A las doce de la noche, de ese mismo día, había muerto en la paz de Dios.
- Un misionero del Perú contaba que, en 1967, hizo una visita turística a un pueblecito de la cordillera de los Andes. Al regresar, el coche se averió en un pequeño poblado perdido en la inmensidad de aquellos montes. Mientras el mecánico arreglaba el coche, se le acercó un hombre de mediana edad que, dirigiéndose a él, que llevaba sotana, le dijo:
Padrecito, le ruego venga conmigo a mi casa, porque mi madre anciana está muy enferma y quiere un sacerdote. El sacerdote más próximo está a 300 km de aquí y no hay tiempo para ir a buscarlo, porque puede morirse en cualquier momento.
Al llegar el sacerdote a su casa, la anciana le dijo que, durante toda su vida, le había pedido a Dios la gracia de no morir sin confesión, rezando tres avemarías por esta intención. Y Dios le concedía ahora esa gracia por medio un sacerdote, que se había detenido en el poblado por efecto de una avería, que Dios había permitido, para ayudar a aquella anciana a morir bien confesada y preparada para el viaje a la eternidad. Ciertamente, las tres avemarías, rezadas todos los días a la Virgen, le habían obtenido esa gracia de Jesús por intercesión de María.
- Otro misionero, párroco en el Cuzco (Perú), decía: En mi extensa parroquia y con la colaboración de los catequistas, he difundido la devoción de las tres avemarías. En junio de 1969, pasé por una hacienda muy alejada ,cuyo dueño era anciano. Había sido seminarista, pero se había unido a su esposa sin casarse por la Iglesia. Aproveché la visita para dejarle una estampa sobre la devoción de las tres avemarías, recomendándole que las rezara todos los días.
A fines de octubre, vinieron a buscarme para que fuera con urgencia a visitarlo, porque estaba muy grave y quería recibir los sacramentos. Me dijo que había rezado todos los días las tres avemarías y que quería confesarse y casarse con la bendición de Dios. Media hora después del matrimonio y de recibir la comunión, murió en la paz de Dios.
Una vez más, María había demostrado que el pequeño obsequio de las tres avemarías lo tomaba muy en serio, para recomendar a sus devotos ante el tribunal de Dios.
- Un misionero redentorista contaba que, en 1959, envió la estampa con la devoción de las tres avemarías a diez mil enfermos. Al poco tiempo, le llamaba un hombre ilustre en el mundo de las Letras y de la Jurisprudencia, al que conocía desde hacía ocho años. Le dijo que quería confesarse, después de más de cincuenta años. El misionero le preguntó:
¿Por qué?
Desde que recibí su carta, tomé la estampa y empecé a rezar las tres avemarías. Y esta mañana he sentido el impulso de confesarme.
Y el padre dice: Lo confesé y, al mes exacto, moría de repente con la alegría de estar bien confesado, pues se había confesado de nuevo dos días antes de morir.
- En 1968, en Rusia, se recrudeció la persecución contra los cristianos. El obispo católico de cierta diócesis, tuvo que huir precipitadamente, vestido de campesino. Al llegar la noche, se acercó a una casa de campo para pedir alojamiento. Era un matrimonio con varios hijos pequeños, lo acogieron bien y le ofrecieron de cenar. Le informaron que el anciano padre de uno de ellos estaba muy enfermo desde hacía algunos días. Al día siguiente, antes de despedirse, el obispo, que estaba de incógnito, pidió saludar al anciano enfermo. Entonces, el anciano le dijo, sin saber quién era:
Mire usted, yo sé que estoy muy grave, pero sé que por ahora no moriré. Soy católico y todos los días he rezado tres avemarías a la Virgen María para que, a la hora de mi muerte, sea asistido por un sacerdote, que me prepare a bien morir. Y, como todavía no hay sacerdote, por eso, estoy seguro que todavía no voy a morir.
Emocionado, el obispo le dijo que él era el obispo de aquella diócesis y que podía confesarlo y darle la unción de los enfermos. Incluso, celebró la misa y le dio la comunión.
De esta manera, la Virgen María premiaba a aquel buen creyente con la gracia de una muerte santa. Había permitido que el obispo perseguido llegara, precisamente, a su casa para premiarle por su devoción. A los dos días, murió en la paz de Dios.
- Un sacerdote jesuita estaba confesando en el templo del Pilar de Zaragoza, cuando vio que un oficial del ejército se arrodillaba a los pies de la sagrada imagen. Parecía que tenía problemas, pues estaba un poco inquieto y turbado. Después de un rato, se retiró. Pero, después de unos minutos, volvió de nuevo a arrodillarse frente a la imagen de María. También se retiró, después de unos momentos de oración; pero regresó igualmente al cabo de unos minutos. Cuando se levantó la tercera vez, fue directamente al confesionario. Allí le contó al sacerdote lo que le había pasado. Vivía muy alejado de Dios y de la Iglesia, pero nunca había dejado de rezar tres avemarías cada día tal como le había encargado su madre antes de su muerte, y había venido a Zaragoza a visitar el templo del Pilar, para cumplir también una promesa que le hizo a su madre.
Al arrodillarse ante la imagen, había oído claramente que la Virgen le decía: Confiésate. Había querido salir de la iglesia, pero regresaba, impelido por una fuerza superior. Y otras dos veces más oyó la voz: Confiésate; a la tercera, ya no pudo resistir más y se acercó a confesarse, después de 36 años.
Después de confesarse, recibió la comunión. Y después se pasó la tarde, rezando rosarios, hasta que el sacristán se vio obligado a avisarle que iban a cerrar el templo. En este caso, como en otros muchos, el obsequio de las tres avemarías obtuvo para él la gracia de la conversión.
- El hermano Macario era el catequista de los niños de la parroquia. Un día les habló de la devoción de las tres avemarías para asegurar la salvación eterna. Desde aquel día, el niño Juan Alberto empezó a rezarlas todos los días. Pasaron los años y llegó a la universidad, donde el ambiente poco propicio a la religión le hizo abandonar la fe y vivir alocadamente con malos amigos. Sólo le quedó la costumbre de las tres avemarías, que seguía rezando mecánicamente cada día.
Un día del mes de mayo, pasaba junto a la puerta de un templo y sintió deseos de entrar. Le agradó el ambiente de tranquilidad y recogimiento del lugar. A la salida, entabló amistad con un señor de mucha cultura con el que siguió viéndose en los siguientes días, para hablar de las cosas de la religión. Y así, poco a poco, con su ayuda fue recuperando la fe. Entonces, se dio cuenta de que la devoción de las tres avemarías le había salvado su fe y comenzó una vida cristiana de comunión frecuente y rezo del rosario. Hasta que sintió deseos de entregar su vida a Dios y propagar por el mundo la devoción a María. Entró en el Seminario y con la gracia de Dios llegó al sacerdocio en la Orden de los carmelitas descalzos con el nombre de padre Juan Alberto de los Cármenes.
Texto sacado del libro "María Madre nuestra" de
P. Ángel Peña O.A.R.
Agustino Recoleto

Asunción de María



Asunción de María
Sobre la Asunción de María, hay escritos del siglo IV, llamados Transitus, donde se habla del tránsito de María en cuerpo y alma al cielo, es decir, de su Asunción. Así lo afirma el Transitus, escrito por el seudo Melitón a finales del siglo IV, donde habla de la resurrección definitiva del cuerpo de María. También en el siglo IV se encuentra el testimonio de san Epifanio, que admite la posibilidad de que su cuerpo glorificado esté en el cielo. En el siglo VI, ya se celebraba la fiesta de la Dormición en Jerusalén y, hacia el año 600, en Constantinopla. Y del siglo VIII hay hermosas homilías sobre la Asunción, nombre que parece más antiguo que el de Dormición. Entre los autores de estas homilías están san Modesto, san Germán de Constantinopla, san Andrés de Creta y, especialmente, san Juan Damasceno.
Sobre la Asunción de María nos dice san Gregorio de Tours en el año 590:
Los apóstoles se repartieron por diferentes países para predicar la palabra de Dios. Más tarde, la bienaventurada María llegó al fin de su vida y fue llamada a salir de este mundo. Entonces, todos los apóstoles vinieron a reunirse en la casa de María y, al saber que debía salir de este mundo, permanecieron todos juntos velando. De repente, el Señor apareció con sus ángeles, cogió su alma, se la entregó a Miguel, el arcángel, y desapareció. Al amanecer, los apóstoles tomaron el cuerpo, lo pusieron sobre una camilla y lo colocaron en una tumba, velándolo mientras esperaban la venida del Señor. Y, de nuevo, se presentó el Señor, de repente, y mandó que el santo cuerpo fuera levantado y llevado al paraíso sobre una nube. Allí, reunido con su alma, se llena de gozo con los elegidos de Dios y disfruta de las bendiciones de la eternidad, que nunca terminarán.
San Juan Damasceno (675-749) escribió: Era preciso que aquella que, al ser madre, había conservado intacta su virginidad, obtuviera la incorrupción de su cuerpo después de morir. Era preciso que quien llevó en su seno al Creador hecho niño, habitara en los divinos tabernáculos. Era preciso que la madre de Dios poseyera las cosas de su Hijo y que, por todas las criaturas, fuera ella venerada como sierva del Señor y madre de Dios.
Como dogma de fe, fue definido por el Papa Pío XII el año 1950, diciendo: Para gozo y alegría de toda la Iglesia, con la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos, ser dogma de revelación divina que la inmaculada madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial.
Como dato curioso, podemos anotar que, cuando los protestantes oyeron hablar de que el Papa Pío XII iba a proclamar el dogma de la Asunción de María, muchos de ellos protestaron. Decían: ¿Dónde está eso en la Biblia? Y creían que esa definición iba a terminar con el ecumenismo católico. Sin embargo, ocurrió lo contrario; a partir de la definición del dogma de la Asunción, comenzó un nuevo amanecer del ecumenismo católico. Además, uno de los que más protestaron, el gran teólogo Max Thurian de la Comunidad de Taize (Francia), se hizo católico y muy amante de María, muriendo como sacerdote católico, precisamente, en la fiesta de la Asunción de 1996.
Otro dato interesante es lo que cuenta en sus Memorias la que fue durante cuarenta años ama de llaves del Papa Pío XII. El dogma de la Asunción iba a ser proclamado el 1 de noviembre de 1950. Ella dice:
"El 30 de octubre de aquel año de 1950, a la vuelta de su paseo por los jardines vaticanos, nos contó Pío XII que, mientras paseaba, vio un espectáculo raro en el cielo. El sol estaba todavía bastante alto y parecía una bola oscura de amarillo pálido, rodeada de un resplandor muy brillante. Delante del sol se mecía una nubecilla tenue y clara. El sol se movía ligeramente como balanceando a derecha e izquierda sobre su eje, y en su interior se observaban unos movimientos continuos. El conjunto ofrecía una vista maravillosa y se podían fijar los ojos en él sin deslumbrarse.
Al día siguiente domingo, fuimos expectantes al jardín, pero no vimos nada. El Santo Padre nos preguntó:
- ¿Lo han visto? Hoy ha ocurrido lo mismo que ayer.
El mismo espectáculo lo vio también el día de la promulgación dogmática, así como en la octava".
De esta manera, Dios quería bendecir al Papa, que vio en cuatro oportunidades el milagro del sol, que representaba a María, la mujer vestida de sol del Apocalipsis.

Este texto está sacado del libro "María Madre nuestra" de
P. ÁNGEL PEÑA O.A.R.
LIMA – PERÚ
2008

26 mar 2008

EL TRABAJO DE DIOS


El Trabajo de Dios
Indice
El Trabajo de Dios La Sagrada Eucaristía
Misericordia Divina
Gran testimonio acerca de los sacramentos
Relato verdaderdo del prisionero Claudio Newman (1944)
Por John Vennari, de la edición de Marzo 2001 de “Catholic Family News.” Noticias de la Familia Católica.
Traducido por El Trabajo de Dios

La siguiente historia verdadera de Claudio Newman ocurrió en Misisipi USA en 1944. El relato fue narrado por el Padre O'Leary, un sacerdote de Misisipi, quien estuvo directamente envuelto en los eventos. El ha dejado una cinta grabada acerca de esto, para la posteridad.
Claudio Newman era un hombre de raza negra que trabajaba el campo para un hacendado. Se había casado cuando tenía 17 años con una chica de la misma edad. Un día, dos años después, se encontraba arando en el campo. Otro trabajador corrió a decirle que su esposa estaba gritando dentro de su casa. Inmediatamente Claudio corrió y encontró un hombre atacando a su mujer. Claudio se enfureció, tomó un hacha y le rajó la cabeza al asaltante dejándosela abierta. Cuando descubrieron quien era el hombre muerto se dieron cuenta de que era el empleado preferido del dueño de la hacienda para la cual Claudio trabajaba. Claudio fue arrestado. Mas tarde fue sentenciado por asesinato y condenado a morir en la silla eléctrica.
Mientras estaba en la cárcel esperando su ejecución, Claudio compartió un bloque de celdas con otros cuatro prisioneros. Una noche, los cinco hombres estaban pasando el tiempo hablando bobadas y se les había acabado la conversación. Claudio se dió cuenta que un prisionero llevaba algo colgado del cuello. El le pregunto que era eso y el joven Católico le dijo que era una medalla. Claudio le preguntó, que es una medalla? A lo cual el joven no le supo responder o para que la llevaba. En ese momento y con ira, el muchacho se quitó la medalla de su cuello y la tiró al piso a los pies de Claudio diciendo grocerías y maldiciendo, le dijo que la agarrara.
Claudio recogió la medalla, y con el permiso de los celadores de la carcel la puso en una cuerdita y la llevó al rededor de su cuello. Para él era algo curioso, pero el se la quería poner.
Durante la noche, mientras dormía fue despertado por un toque sobre la muñeca. Y allí parada, como Claudio le dijo al sacerdote después, estaba la mujer mas hermosa que Dios hubiera creado. Al principio el estaba lleno de miedo. La Señora calmó a Claudio y le dijo, “Si tu quieres que yo sea tu Madre, y si te gustaría ser mi hijo, haz que te traigan un sacerdote de la Iglesia Católica.” Luego de esto, ella desapareció.
Claudio inmediatamente se llenó de miedo, y empezó a gritar, “un fantasma, un fantasma”, y corrió a la celda de uno de los otros prisioneros. Empezó a gritar que el quería ver a un sacerdote Católico.
El Padre O'Leary. El sacerdote que relata esta historia fue llamado a primera hora la mañana siguiente. El fue y encontró a Claudio quien le contó lo que le había ocurrido la noche anterior. Entonces Claudio junto con los otros cuatro hombres de su bloque de celdas pidió que se les diera instrucción religiosa, y enseñanzas del Catecismo.
Inicialmente, el Padre O'Leary tenía dificultad para creer la historia. Los otros prisioneros le dijeron al sacerdote que todo en la historia era verdad, pero que por supuesto, ninguno de ellos vió o escuchó a la Señora.
El Padre O'Leary prometió enseñarles el Catecismo como lo habían pedido. Luego regresó a su parroquia y le dijo al rector lo que había sucedido, después volvió a la prisión el día siguiente para darles instrucción.
Fue entonces cuando el sacerdote descubrió que Claudio Newman no podía ni leer ni escribrir. La única manera para él saber sin un libro estaba al derecho era si el libro tenía algúna imagen. Claudio nunca había ido a la escuela. Su ignorancia de Religión era aun mas profunda. No sabía absolutamente nada de Religión. No sabía quien era Jesús. No sabía ninguna cosa, excepto de que existía un Dios.
Claudio empezó a recibir instrucciones y los otros prisioneros le ayudaron en sus estudios. Después de unos pocos días dos de las Hermanas Religiosas de la escuela de la Parroquia del Padre O'Leary consiguieron permiso del jefe de la cárcel para visitar la prisión. Ellas querían conocer a Claudio y también a las mujeres que estaban recluidas. Las hermanas empezaron entonces a enseñar el Catecismo a las mujeres también.
Después de varias semanas se llegó el momento en que el Padre O'Leary iba a dar instrucciones sobre el Sacramento de la Confesión. Las hermanas se sentaron también a participar en la clase. El sacerdote dijo a los prisioneros, “Bueno muchachos, hoy voy a enseñarles sobre el Sacramento de la Confesión”
Claudio dijo, “O, yo ya se sobre eso”
”La Señora me dijo”, “que cuando nosotros vamos a la confesión nosotros nos estamos arrodillando, no delante de un sacerdote, sino que nosotros nos estamos arrodillando ante la cruz de su hijo. Y que cuando nosotros sentimos realmente dolor por nuestros pecados, y los confesamos, la Sangre que el derramó fluye sobre nosotros y nos baña y libra de todos los pecados.”
El Padre O'Leary y las hermanas se quedaron totalmente sorprendidos con las boca abierta. Claudio pensó que estaban enojados y les dijo “O, no se enojen, no se enojen. Yo no debí haberles revelado esto”
El sacerdote dijo, “Nosotros no estamos enojados. Estamos es sorprendidos. Has vuelto a verla de nuevo?”
Claudio le respondió, “Venga padre conmigo, vamos allí alrededor del bloque de celdas, alejémonos de los demás”
Cuando estaban solos, Claudio le dijo al sacerdote, “Ella me dijo que si usted dudaba o me mostraba desconfianza, que Yo le recordara que cuando usted estaba caido en una zanja en Hollanda, en 1940, usted le hizo una promesa a ella la cual Ella está todavía esperando que le cumpla.” Y el Padre O'Leary recuerda, Claudio me dijo exactamente cual era la promesa que Yo había hecho.
Esto convenció al Padre O'Leary de que Claudio estaba diciendo la verdad acerca de las visiones de Nuestra Señora la Virgen María.
Después regresaron a la clase del Catecismo ´sobre la Confesión. Y Claudio le siguió diciendo a los otros prisioners, “Ustedes no deberían de sentir miedo de ir a la confesión. Ustedes realmente le están diciendo los pecados a Dios, no a este sacerdote o a cualquier sacerdote. Le estamos diciendo los pecados es a Dios.” Después Claudio les dijo, “Saben ustedes, La Señora dijo que la confesión es algo como un teléfono. Nosotros hablamos a Dios a través del sacerdote y Él nos habla también a través del sacerdote.”
Una semana mas tarde, el Padre O'Leary se estaba preparando para enseñarles la clase acerca del Santísimo Sacramento. Las hermanas se encontraban allí también para participar. Claudio les dijo que la Señora también le había enseñado a el acerca de la Sagrada Comunión, y le pidió al padre que le dejara decirle lo que le había dicho ella. El sacerdote consintió inmediatamente. Claudio les relató, “La Señora me dijo que en la Comunión, Yo solo puedo ver lo que parece un pedazo de pan. Pero Ella me dijo que ESO es realmente y verdaderamente Su Hijo. Y que Él estará conmigo tan solo por unos momentos como cuando Él estaba con ella antes de nacer en Belén. Y que yo debería de pasar mi tiempo como Ella lo hizo, en todo su tiempo con Él, amándole, adorándole, agradeciéndole, alabándole y pidiéndole sus bendiciones. Yo no debería de molestarme por nadie ni por ninguna otra cosa. Pero tan solo debería de pasar esos pocos minutos con Él.”
Finalmente todos recibieron las instrucciones, Claudio fue recibido en la Iglesia Católica, y luego llegó también el tiempo para que el fuera ejecutado. Su ejecución iba a ocurrir a las doce y cinco minutos de la noche.
The Jefe de la Cárcel le preguntó, “Claudio, tu tienes el privilegio de una última petición. Que deseas?”
”Bueno”, dijo Claudio, ”ustedes están todos conmovidos. El carcelero lo está también. Pero acaso no entienden ustedes? Yo no voy a morir. Tan solo este cuerpo. Yo voy a estar con Ella. Entonces, puedo tener una fiesta?
“Que quieres decir?”, preguntó el Jefe de la Cárcel.
“Una fiesta!” dijo Claudio. “Le pueden dar ustedes permiso al Padre para que traiga algún ponqué y crema helada y le permiten ustedes a los prisioneros del segundo piso estar libres en el salón principal para que podamos estar todos reunidos para tener una fiesta?”
Alguien podría atacar al Padre, dijo el carcelero.
Claudio voltió hacia los hombres que estaban allí y dijo, “O no, ellos no lo harán, cierto que no, compañeros?”.
Así que el sacerdote visitó un patrón rico de la parroquia y le suplicó la crema helada y el ponqué. Ellos tuvieron su fiesta.
Después, porque Claudio lo había pedido, hicieron una Hora Santa (Adoración al Santísimo Sacramento.) El sacerdote había traído libros de oración de la Iglesia y todos hicieron las Estaciones de la Cruz y tuvieron una Hora Santa, sin el Santísimo Sacramento.
Luego los hombres fueron puestos de nuevo en sus celdas. El sacerdote fue a la Capilla para sacar el Santísimo Sacramento y darle a Claudio la Sagrada Comunión.
El Padre O'Leary regresó a la celda de Claudio. Claudio se arrodilló en un lado de las rejas, el sacerdote se arrodilló en el otro, y juntos rezaron mientras el reloj seguía marcando la hora hacia la ejecución de Claudio.
Quince minutos antes de la ejecución, el Jefe de la Cárcel subió corriendo las escalas gritando, “Perdón official, perdón official, el Gobernador ha dado un perdón por dos semanas!”
Claudio no se había dado cuenta de que el Gobernador y el Abogado del distrito estaban tratando de parar la ejecución para salvarle su vida. Cuando Claudio se dio cuenta, empezó a llorar. El sacerdote y el Jefe de la Cárcel pensaron que esta era una reacción de alegría porque el ya no iba a ser ejecutado. Pero Claudio dijo, “Hombres, ustedes no saben. Y padre, usted no sabe. Si ustedes alguna vez miraran en el rostro de Ella, y miraran en sus ojos, ustedes no quisieran vivir un día mas.”
Claudio entonces preguntó, “Que cosa he hecho errónea en estas últimas semanas que Dios no me permite ir a casa?” Y el sacerdote dijo que Claudio sollozaba como alguien que está descorazonado.
El Jefe de la Cárcel dejó el cuarto. El sacerdote permaneció allí y le dio a Claudio la Sagrada Comunión. Finalmente Claudio se aquietó. Después Claudio dijo, “Porqué? Porqué todavía me tengo que quedar aquí por otras dos semanas?”
El sacerdote tuvo de repente una idea.
Le recordó a Claudio acerca de un prisionero de la cárcel quien odiaba a Claudio intensamente. El prisionero había llevado una vida horriblemente inmoral, también iba a ser ejecutado a muerte.
El sacerdote dijo, “Quizás Nuestra Madre Santísima quiere que tu ofrezcas esta abnegación de estar con ella, para su conversión.” El sacerdote continuó, “Porqué no le ofreces a Dios cada momento que tu estás separado de Ella por este prisionero, para que de esta manera el no tenga que estar separado de Dios por toda una eternidad?”
Claudio se puso de acuerdo, y le pidió al sacerdote que le enseñara las palabras para hacer ese ofrecimiento. El sacerdote lo hizo. En ese entonces los únicos que sabían sobre el ofrecimiento eran Claudio y el Padre O'Leary.
Al día siguiente, Claudio le dijo al sacerdote, “Ese prisionero que me odiaba antes, pero, O Padre, como me odia ahora!” El sacerdote le respondió, “Bueno, ese es un buen signo.”
Dos semanas después, Claudio fue ejecutado.
El Padre O'Leary cuenta, “Nunca he visto a alguien ir a su muerte con mas felicidad y gozo. Aun los testigos oficiales y los reporteros de los periódicos estaban asombrados. Decían que no podían entender como alguien se podía ir y sentar en la silla eléctrica realmente radiante de felicidad.”
Sus últimas palabras para el Padre O'Leary fueron, “Padre, yo lo recordaré a usted. Y cuando usted tenga una petición, pídame, y yo le pido a Ella.”
Dos meses después, se llegó el momento para que el hombre de raza blanca quien había odiado a Claudio fuera ejecutado, el Padre O'Leary dijo, “Este fue el hombre mas sucio, la persona mas inmoral que Yo haya conocido. Su odio por Dios, por todo lo espiritual desafiaba cualquier descripción.”
Justo antes de su ejecución, el doctor del condado le rogó a este hombre que por lo menos se arrodillara y dijera un Padre Nuestro antes de que el Jefe de la Cárcel viniera por el.
El prisionero le escupió la cara al doctor.
Cuando el había sido asegurado en la silla eléctrica, el Jefe de la Cárcel le dijo, “Si tienes algo que decir, dilo ahora.”
El hombre condenado empezó a blasfemar.
De repente el condenado a muerte paró, y sus ojos se fijaron en la esquina del salón, y su rostro se llenó de terror absoluto.
El gritó.
Volviéndose hacia el Jefe de la Cárcel, entonces dijo, “Jefe, consígame un sacerdote!”
Ahora, el Padre O'Leary había estado en el salón puesto que la ley requería que un hombre del clero estuviese presente en las ejecuciones. El sacerdote sin embargo estaba escondido detrás de unos reporteros puesto que el hombre condenado había amenazado maldecir a Dios si veía cualquier sacerdote.
El Padre O'Leary inmediatamente fue hacia el hombre condenado. El salón fue desocupado de todo el resto de gente y el sacerdote escuchó la confesión del hombre. El hombre dijo que había sido Católico, pero que se había salido de su religión cuando tenía dieciocho años debido a su vida inmoral.
Cuando todo el mundo regresó al salón, el Jefe de la Cárcel le preguntó al sacerdote, “Que le hizo a este hombre cambiar de idea?”
“Yo no se” dijo el Padre O'Leary, “yo no le pregunté”
El Jefe de la Cárcel dijo, “Bueno, yo no voy a poder dormir si no lo se”
El Jefe de la Cárcel se acercó al hombre condenado y le preguntó, “Hijo, que te hizo cambiar de idea?”
El prisionero respondió, “Recuerda ese hombre de raza negra, Claudio – a quien yo odiaba tanto? Pues bien, el está parado allá (el señalo), allá en la esquina. Y detrás de él con una mano sobre cada uno de sus hombros esta la Madre Santísima. Y Claudio me dijo, ‘Yo ofrecí mi muerte en unión con Cristo en la cruz por tu salvación. Ella ha obtenido este regalo para ti: el de que tu puedas ver tu lugar en el Infierno, si no te arrepientes’. Me fue mostrado mi lugar en el Infierno, y ahí fue cuando yo grité.”
Este, entonces es el poder de Nuestra Señora.
Vemos muchos paralelos entre estos hechos de la historia de Claudio Newman y el mensaje de Fátima en 1917. Hay énfasis sobre:
Confesión Sacramental,
Sagrada Comunión,
Hacer sacrificios por los pecadores,
La vision del Infierno.
“Muchas almas van al Infierno” dijo Nuestra Señora de Fátima, “porque nadie reza y hace sacrificios por ellas.”
Traducido por el Apostolado del Trabajo de Dios.

23 mar 2008

¡¡HAZ ALGO POR LOS DEMÁS¡¡¡



- Un día, un sacerdote esperaba a su amigo médico para conversar sobre su vida espiritual. Aunque siempre había sido puntual, ese día se retrasó cuarenta minutos. Al llegar, se disculpó y le dijo: Padre, cuando me preparaba para salir, vi desde mi ventana del segundo piso que llegaba una anciana pobre a quien he atendido en otras ocasiones. Me molestó su inoportunidad. Agarré el teléfono para decirle a la recepcionista que le dijera que ya había salido; pero, entonces, me acordé de lo que dijo Jesús: Lo que hiciereis a uno de estos mis hermanos, a Mí me lo hacéis.

Así que la atendí. Y me sentí contento al comprender que mis pacientes son Cristo.


- Un día, un joven se propuso ir al encuentro de Dios. Preparó lo necesario y, al amanecer, empezó su gran aventura. Pensó que Dios estaría en el silencio de la gran montaña, que se divisaba al fondo del valle, y comenzó la escalada. En las faldas del monte se encontró a un anciano, que vivía en una pequeña y vieja cabaña. El anciano, al verlo, le dijo:
¿A dónde vas con tanta prisa?
Voy a la cumbre de la montaña, porque quiero encontrarme con Dios.
El anciano le dijo:
¿Por qué no te quedas conmigo una hora y me ayudas a reparar mi cabaña, que se está cayendo? Como ves, ya soy viejo y no puedo hacerlo solo.
El joven contestó:
Discúlpeme, tengo prisa. Ahora no puedo, se me hace tarde; pero, cuando regrese, lo haré con gusto.
Después de unas horas, el joven llegó a la cumbre de la montaña y empezó a gritar:
Señor, ¿dónde estás?
Así gritó una y mil veces, pero no hubo ninguna respuesta. Al ver su fracaso, pensó que Dios se había ido al valle y bajó de la montaña. Al pasar junto a la cabaña del anciano, vio que estaba completamente deshecha y el anciano tampoco estaba. Él, sin darle mucha importancia, siguió su camino.
Al poco rato, quiso rezar y se arrodilló en medio del campo, exclamando:
Señor, esta mañana te he buscado y no te he podido encontrar. Quería verte para hablar contigo.
Y el Señor le contestó:
Yo te pedí ayuda, pero estabas demasiado ocupado y no me la diste.

- Una vez, un hombre se presentó ante el juicio de Dios y le dijo: Señor, he cumplido todas tus leyes y he vivido de acuerdo a tus mandamientos. No he hecho nada malo. Mis manos están limpias. Sí, le dijo Dios, tus manos están limpias, pero están vacías. ¿Qué has hecho tú por los demás? No basta no haber hecho nada malo, hay que hacer muchas cosas buenas por ellos.
¡Qué tristeza, cuando en vez de ayudar y animar, dejamos morir a otros por nuestra comodidad o indiferencia!

- En una ocasión, se acercó un periodista a una niña esquimal, que amaba entrañablemente a Dios, y le preguntó:
¿Tú crees en Dios?
Sí, yo creo en Dios.
¿Crees que Dios te ama?
Sí, creo que Dios me ama.
Si crees que Dios existe y que Dios te ama, ¿por qué no te cuida y te envía suficientes alimentos y ropa para que no pases hambre ni frío?
Yo creo que Dios le mandó a alguien que me trajese esas cosas. Pero él le dijo No a Dios.
Maravillosa respuesta de una niña sin estudios, pero que indica que, muchas veces, somos nosotros los que no obedecemos a Dios para ayudar a los necesitados.
Cuenta la Madre Teresa de Calcuta: Un día, yendo por la calle, me encontré con una niña, que estaba tosiendo y casi muerta de frío, con un vestido roto y sucio. Pedía limosna con cara de hambre. Todos pasaban de largo. Aquel espectáculo me conmovió y me hizo exclamar interiormente: Pero ¿cómo Dios permite esto? ¿Por qué no hace algo para que esto no suceda? De momento, la pregunta quedó sin respuesta; pero, por la noche, en el silencio de mi habitación, pude oír la voz de Dios que me decía: Claro que hice algo para solucionar estos casos, te he hecho a ti.

19 mar 2008

Tu me mueves Señor


No me mueve, mi Dios, para quererte el cielo que me tienes prometido,ni me mueve el infierno tan temido para dejar por eso de ofenderte.Tú me mueves, Señor; muéveme el verte clavado en la Cruz y escarnecido.Muéveme ver tu cuerpo tan herido muéveme tus afrentas y tu muerte.Muéveme, en fin, tu amor, de tal manera,que aunque no hubiera cielo, yo te amara,y aunque no hubiera infierno, te temiera.No me tienes que dar porque te quiera;pues aunque lo que espero no esperara,lo mismo que te quiero te quisiera.

10 mar 2008

A MARÍA HEMOS DE RECURRIR


A María hemos de recurrir
Cuánta debe ser nuestra confianza en esta Reina sabiendo lo poderosa que es ante Dios, y tan rica y llena de misericordia que no hay nadie en la tierra que no participe y disfrute de la bondad y de los favores de María. Así lo reveló la Virgen María a santa Brígida: "Yo soy –le dijo la reina del cielo y madre de la misericordia- la alegría de los justos y la puerta para introducir los pecadores a Dios. No hay en la tierra pecador tan desventurado que se vea privado de la misericordia mía. Porque si otra gracia por mí no obtuviera, recibe al menos la de ser menos tentado de los demonios de lo que sería de otra manera. No hay ninguno tan alejado de Dios, a no ser que del todo estuviese maldito –se entiende con la final reprobación de los condenados-; ninguno que, si me invocare, no vuelva a Dios y alcance la misericordia". Todos me llaman la madre de la misericordia, y en verdad la misericordia de Dios hacia los hombres me ha hecho tan misericordiosa para con ellos. Por eso será desdichado y para siempre en la otra vida el que en ésta, pudiendo recurrir a mí, que soy tan piadosa con todos y tanto deseo ayudar a los pecadores, infeliz no acude a mí y se condena.
Acudamos, pues, pero acudamos siempre a las plantas de esta dulcísima reina si queremos salvarnos con toda seguridad. Y si nos espanta y desanima la vista de nuestros pecados, entendamos que María ha sido constituida reina de la misericordia para salvar con su protección a los mayores y más perdidos pecadores que a ella se encomiendan. Éstos han de ser su corona en el cielo como lo declara su divino esposo: "Ven del Líbano, esposa mía; ven del Líbano, ven y serás coronada... desde las guaridas de leones, desde los montes de leopardos" (Ct 4, 8). ¿Y cuáles son esas cuevas y montes donde moran esas fieras y monstruos sino los miserables pecadores cuyas almas se convierten en cubil de los pecados, los monstruos más deformes que puede haber? Pues bien, comenta el abad Ruperto, precisamente de estos miserables pecadores salvados por su mediación, oh gran reina, te verás coronada en el paraíso, ya que su salvación será tu corona, corona muy apropiada para una reina de misericordia y muy digna de ella. A este propósito, léase el siguiente ejemplo.
EJEMPLO
Conversión de María, la pecadora, en la hora de la muerte
Se cuenta en la vida de sor Catalina de San Agustín que en el mismo lugar donde vivía esta sierva de Dios habitaba una mujer llamada María que en su juventud había sido una pecadora y aún de anciana continuaba obstinada en sus perversidades, de modo que, arrojada del pueblo, se vio obligada a vivir confinada en una cueva, donde murió abandonada de todos y sin los últimos sacramentos, por lo que la sepultaron en descampado.
Sor Catalina, que solía encomendar a Dios con gran devoción las almas de los que sabía que habían muerto, después de conocer la desdichada muerte de aquella pobre anciana, ni pensó en rezar por ella, teniéndola por condenada como la tenían todos.
Pasaron cuatro años, y un día se le apareció un alma en pena que le dijo:
– Sor Catalina, ¡qué desdicha la mía! Tú encomiendas a Dios las almas de los que mueren y sólo de mi alma no te has compadecido.
– ¿Quién eres tú? –le dijo la sierva de Dios.
– Yo soy –le respondió –la pobre María que murió en la cueva.
– Pero ¿te has salvado? –replicó sor Catalina.
– Sí, me he salvado por la misericordia de la Virgen María.
– Pero ¿cómo?
– Cuando me vi a las puertas de la muerte, viéndome tan llena de pecados y abandonada de todos, me volví hacia la Madre de Dios y le dije: Señora, tú eres el refugio de los abandonados; ahora yo me encuentro desamparada de todos; tú eres mi única esperanza, sólo tú me puedes ayudar, ten piedad de mí. La santa Virgen me obtuvo un acto de contrición, morí y me salvé; y ahora mi reina me ha otorgado que mis penas se abreviaran haciéndome sufrir en intensidad lo que hubiera debido purgar por muchos años; sólo necesito algunas misas para librarme del purgatorio. Te ruego las mandes celebrar que yo te prometo rezar siempre, especialmente a Dios y a María, por ti.
Texto sacado del libro "Las Glorias de María" de (San Alfonso María de Ligorio)

JESUS ESTÁ VIVO